lunes, 27 de enero de 2014
"Fue el karma, seguro que fue eso"
"Fue el karma, seguro que fue eso". El Nacho tiró su lapidaria condena y se quedó callado, como quien acaba de decidir que una persona pasará su vida en la cárcel.
Con Lautaro nos quedamos callados, no queríamos ahondar en la herida. Al Nacho le acababan de robar la mochila con su cámara de fotos adentro, su billetera y algo de plata. De repente, las vacaciones en la playa ya no eran tan buenas y sumábamos una anécdota que no queríamos que fuese nuestra.
"Es el karma", repitió el Nacho, "ayer nos llevamos un vaso del bar y hoy nos roban la mochila, con la cámara de fotos y la plata", argumentó, dando a entender que si el karma existe es realmente un hijo de puta mafioso que cobra con demasiados intereses.
Recién llevábamos dos días de nuestras vacaciones y estábamos coronando de esa manera un viaje que ya había comenzado torcido, donde nos habíamos perdido antes de llegar al lugar, la cabaña se había inundado y por si fuera poco, en el viaje habíamos escuchado hasta a Los Rancheros. Indudablemente el karma se había ensañado con nosotros, aunque a esa altura ya íbamos teniendo la teoría que se estaba cobrando hasta por nuestras vidas pasadas y paralelas.
Sin la mochila, sin la única cámara de fotos que teníamos para trabajar en la playa, sin las paletas y la pelotita, con menos plata y con un par de lentes menos, decidimos ir a Carabineros, esa fuerza policial chilena famosa por su habilidad para repartir palos y golpes cuando quieren, que suele ser muy seguido.
Al salir de ahí, los tres que habíamos ido, Lautaro, Nacho y yo, hicimos un pacto: se hacía todo bajo lo legal, no se tomaba más alcohol ni se hacía el ridículo y eso para nosotros era como un castigo, pero todavía faltaba convencer a los otros tres que estaban con nosotros y que en ese momento estaban cambiando pesos argentinos por chilenos y que encima esa noche iban a salir a bailar. ¿Cómo los convencíamos de portarse bien en la noche chilena?
Era la medianoche y aún no llegaban. A esa altura, temíamos que el karma pudiera haber atentado contra ellos y el auto se les hubiese roto o algo así.
A medida que pasaban los minutos, el sueño le iba ganando a la preocupación y caíamos uno por uno en la cama, sin que el resto llegara todavía.
Nunca nos enteramos cuando aparecieron en la cabaña. Así como llegaron se fueron a bailar. Nunca pudimos hablar con ellos de nuestro juramento hasta la mañana siguiente.
Una vez que estuvimos todos levantados, decidimos hablarles sobre la mochila, el juramento, el karma y la venganza de esa cosa tan extraña que por lo visto ataca a todos, excepto a los ricos.
Nos habíamos preparado solemnemente. Íbamos a hablar todos pero cuando comenzamos, Tincho nos interrumpió con un "paren, paren, miren lo que nos trajimos, bah nos robamos, con el Mati" y mostró dos vasos chiquitos con la leyenda Fernet Branca.
Nos miramos y lo supimos en el instante, sin decirnos nada: no había forma de convencerlos pero además tampoco había manera de vivir las vacaciones si nos teníamos que comportar como caballeros ingleses, fue ese el momento en que el Nachito, siempre el Nacho, que había visto y escuchado todo, que había sido la víctima principal del robo nos miró a todos, subió la escalera ante nuestra mirada interrogatoria y al regresar dijo: "¿se piensan quedar todo el día ahí parados o nos vamos a ir al bar a tomar?". Estábamos de regreso. Éramos nosotros seis contra el karma y quién se parara en frente. Estábamos, otra vez, de vacaciones.
miércoles, 27 de noviembre de 2013
Dudas de un tal vez...
Rara
vez la encuentro despierta, pero cuando lo hago es una de las cosas más
hermosas que he visto. Poder observar sus movimientos, ver que no ha cambiado
en nada de cuando la conocí, que se sigue peinando antes de acostarse, que le
reza a sus ángeles previo a dormir y que se acuesta de costado, siempre hacia
la ventana. No hay noche en que no la vea.
Ojo,
algunos dirán que soy un pervertido por mirarla todas las noches, en secreto,
sin que ella lo sepa y nunca animarme a buscarla, a golpear su puerta, a
decirle: “acá estoy, perdón por haber llegado tarde”, pero la verdad es que no
me animo, temo que todavía esté dolida, o peor aún, enojada.
Esta
rutina la vengo haciendo desde hace dos años al menos. El único problema que
tuve fue cuando le regalaron un perro. Porque todo el mundo ama a esos
animales, incluso yo, pero el ovejero ya era grande y si bien, a mí me parecía
bonito, por lo visto yo lo asustaba y no me dejaba de ladrar. Esto provocaba
que a mi amor solo la pudiera ver unos minutos porque después cuadrúpedo
aparecía y tenía que salir huyendo a mi hogar.
Por
suerte, una noche descubrí que el perro no estaba. En realidad tampoco fue
suerte, porque ella, cansada de que ladrara todas las noches, se lo llevó
al campo y yo nunca pude dejar de sentirme culpable, de que renunciara a su
única compañía.
El
otro día me puse a pensar en eso, porque tengo muchas horas libres ahora y
pienso mucho en esa época. Desde que nos separamos, ella no estuvo con ningún
hombre, lo sé, porque como dije voy todas las noches a verla y aunque no lleva
a nadie a su casa, aún noto la mirada triste por nuestra separación. Notar esas
cosas siempre hace que me pregunte si me aceptaría de vuelta, pero no lo hago
por miedo a que me rechace, creo que eso me destruiría.
Sin
embargo, ayer fue diferente. Llegué a medianoche, como siempre y las
luces estaban encendidas. Se escuchaban voces, risas pero sólo eran dos, lo que
significaba que no había una celebración. Cuando se apagaron las luces, los vi
ingresar a la habitación, bajé la cabeza y me fui, no quise contemplar lo que
allí iba a pasar, lo que finalmente pasó.
Hoy
volví a ir. De hecho estoy en su ventana, como lo hago desde hace dos años.
Tuve la esperanza de que lo de anoche fuera algo del momento, porque uno
siempre tiene sus necesidades, aunque yo hace tiempo que no las tengo, pero no
todos son como yo, lo admito.
Otra
vez la misma voz masculina, otra vez las risas, y un “te amo” que salió de su
voz y me retumbó en la cabeza como si me hubieran disparado. No pude evitar
sonreír, aunque reconozco que fue algo triste. Mi cobardía la alejó y ella
encontró otro amor. Tal vez si me hubiese animado…
Me
quedé a mirarla por última vez, decidí no volver. La observé, la memoricé
y decidí que estaba bien que ella estuviese feliz. Luego giré y tomé el camino
para volver a mi hogar. Encontré la puerta abierta, esta vez no debía subir por
el muro y eso me alegró un poco, comencé a esquivar los pozos hasta que llegué
a mi casa, reconocible por la placa que dice “Familia Nasar”. Empujé la puerta
y me acosté, supe que esa noche sería la última que saldría y lo único que
pensé fue: “hace dos años… si hubiese salido antes, si no me hubiese demorado,
si hubiese visto ese camión, si no hubiera cruzado en rojo… tal vez, solo tal
vez, estaríamos juntos”, y me dormí, sabiendo que esa noche era la última en
que pondría mis pies fuera del cementerio para ir a verla.
jueves, 21 de noviembre de 2013
El día que Borges se enamoró
![]() |
| Del maestro Ignacio (Nacho) de la Rosa |
- Lo que pasa Jorge es que vos no sos bueno, nunca lo fuiste y por eso
no te gusta y atacás a todo aquellos a los que les gusta.
- No, te equivocas Julio, más allá de lo que decís,
no le veo la razón a tanta irracionalidad, a tanta falta de lógica.
- Es que justamente esa falta de lógica es lo que
lo hace perfecto, por ejemplo…
- No, no comencés con ejemplos como hacen los otros
dos, que ya me tienen las bolas llenas contando sus anécdotas.
- ¿Quiénes, el negro y el gordo?
Casi como si fuera un acto de magia, los dos nombrados
aparecieron en la puerta, saludaron con un ademán de cabeza y fue el Negro el
que tiró la fatídica invitación que cambiaría su vida.
Queridos, mañana hay desafío contra los
rockeritos de la otra cuadra y los necesitamos en el equipo.
Para Jorge, ese “los necesitamos” fue como una patada a la
altura del pecho. Apenas lo escuchó sabía que era complicado, por no decir
imposible, huir y mientras pensaba una solución, escuchó que Julio se largó a
preguntar, como ya aceptando el desafío.
- ¿Quiénes somos?, dijo, incluyéndolo.
El negro, esperando la pregunta, respondió: “Somos nosotros
cuatro, Adolfo, el Rodo y Horacio, lo llamamos a Joaquín pero el mendocino dice
que está ocupado, que para la próxima, tal vez- Bah, lo mismo que dice siempre
que lo convocamos”.
“Va a estar complicado, porque van el jefe y el hijo a ver
el partido y si van esos dos, significa que habrá lleno total”, completó el
gordo, que hasta ese momento no había abierto la boca.
“Mierda”, dijo Jorge, casi bajito pero lo suficiente para
que los demás escucharan. Al verse descubierto, y para disimular su enojo,
preguntó por el otro equipo.
“Y… está el escocés, Federico, ese que anda de mallas todo
el tiempo, que le dicen abuelito, Abuelo o algo así. También Norberto,
Carlitos, el gallego Julián Infante y el chileno Jara”, enumeró el negro,
mientras completaba advirtiendo que el partido era a las 16.
Apenas dijo eso, los dos se esfumaron, Julio también se fue
y Jorge quedó mirando hacia la nada misma, pensando en un partido en el que no
quería estar y por el que no sentía el menor de los entusiasmos.
Esa noche salió a caminar, cuando estaba regresando a su
casa pasó por la puerta del café y escuchó las risotadas del negro, los gritos
del gordo y algún otro de Julio. Imaginó que ahí estaría el resto del equipo y
se molestó: “mañana estarán todos borrachos”, pensó y se fue ofuscado a dormir.
Pero la noche no lo ayudó. No dejó de dar vueltas en la cama.
No entendía que les gustaba del fútbol. Cómo puede ser bueno un deporte en
donde no siempre ganan los mejores, los que más méritos hacen. Cómo un tipo
puede pensar con los pies, si todo el mundo sabe que en la mente está el poder.
Y lo peor era la presencia del jefe y de su hijo. Era demasiada presión para
él, que sabía que por sus habilidades no le quedaría otra que ser arquero.
Finalmente logró dormir, pero toda la noche fue una
pesadilla y se despertó agitado, transpirado y nervioso. Esa tarde fue el último en llegar a la cancha y se
sorprendió de ver a sus compañeros ahí. Jorge estaba nervioso, con un
cigarrillo en la mano y otro en la boca. El negro y el gordo no dejaban de
hablar, pero había algo raro, no se reían, se los notaba tensos. Le gustó la
situación, nadie notaba que no quería estar ahí, aunque otra cosa le molestaba,
era el ruido de la gente que había acudido a ver el partido y se preguntó
cuántos habían asistido.
Mientras estaba en sus pensamientos, el Negro le tiró la
camiseta. Era negra, con un escudo blanco. Sabía que en algún lado había visto
ese dibujo, era un león sobre una cancha. Lo reconoció, hace muchos años lo
había dibujado Caloi. Sintió algo dentro de él que no supo reconocer qué era y
se alarmó.
Cuando avanzaba hacia la cancha con el resto del equipo,
escuchó como el Negro y el Gordo trataban de tranquilizar al resto con algunos
chistes, pero los nervios también se les notaba en sus voces. No querían perder
ese partido. Lo miró a Julio y lo notó impaciente, le sostuvo la mirada y le
hizo un gesto de aprobación cuando sus ojos se cruzaron. Hasta él se sorprendió
de ese gesto que acababa de hacer.
Pero fue en el primer paso dentro de la cancha cuando dejó
de entender del todo lo que le pasaba. La cancha estaba llena, por lo menos
cinco mil almas. Y de cada una de las tribunas llovían papeles y la gente
cantaba, hasta el hijo del jefe saltaba en una de las tribunas y se lo notaba
desencajado, mientras otros dos tipos de barba, con el torso desnudo, lo
escoltaban a cada lado.
Mientras los miraba, volvió a sentir algo en el pecho. Su
vista iba de las tribunas a la cara de sus compañeros. Los comenzó a entender y
eso lo descolocó más, porque no comprendía lo que pasaba dentro suyo, justo él,
que siempre fue amante de la lógica y el saber.
Se puso inmediatamente en el arco, no dejaba de mirar la
pelota y agradecía que no se acercara nadie del equipo contrario a su área. A
los cinco minutos, Julio bajó una pelota sobre la línea, la levantó y la pasó
por arriba de un rival y se la tocó al gordo, quien inmediatamente se la
devolvió.
No pudo dejar de admirar la simpleza, exactitud y belleza de
esos movimientos, de esos toques y trató de no desconcentrarse, pero fue cuando
Julio llegó al borde del área que comenzó a perder su compostura, un centro a
media altura, regalado para los defensores, el escocés preparado para
reventarla y el negro, como si fuera una
especie de acto de magia, se arroja, vuela dos metros y llega con su cabeza
antes que el pie del defensor. Gol y a cobrar.
Festeja el negro, Julio y el gordo corren a abrazarlo. La
hinchada no deja de gritar y festejar y de repente un grito de aliento supera
todas las voces: “¡Vamó´Negro, la puta madre que a estos muertos les ganamos!”.
Silencio total, todo el mundo callado, incluso él. Sabía que
el grito tenía su voz, pero le costaba reconocerse y en un segundo entendió
todo, comprendió sus nervios y a sus amigos, recordó sus charlas, vio a la
gente cantar, observó la pelota que estaba atrapada dentro de la red del arco
contrario, sintió una lágrima caer y se supo enamorado, igual que ellos, de ese
deporte sin sentido, sin lógica, sin razón y supo que solo había tardado una
vida y parte de la eternidad para descubrir ese amor y salió del arco corriendo
para abrazar al Negro, mientras le pedía al árbitro la hora.
miércoles, 13 de noviembre de 2013
Encuentro casual de madrugada
Sus
ojos marrones me miraron llenos de tristeza. No supe qué decirle. Era el
momento más complicado de nuestra corta relación y yo no encontraba las
palabras para pedirle que se alejara de mí, que no podíamos estar juntos.
Había
sido un viernes de esos para el olvido. Me desperté, igual que las últimas
semanas, con los mismos fantasmas acechándome. Hasta ese día no habían ganado
la batalla, siempre lograba espantarlos de un modo u otro, pero ese día
atacaron con más fuerza y me vencieron.
Un
par de veces me tiraron al piso, de donde me costó reponerme una y otra vez.
Algunas lágrimas de dolor aparecían en mi rostro y yo me negaba a rendirme, no
quería ser vencido, no quería caer nuevamente, por más que supiera que esa
guerra era de no acabar.
Finalmente
decidí que lo mejor era escapar del encierro, dejar que mis fantasmas vinieran
o se quedaran, en definitiva siempre hacen lo que quieren y me fui.
Esa
noche, los espectros decidieron no acercarse demasiado. Me vieron con amigos y
se dieron cuenta que era más complicada la pelea, entonces se acercaban, daban
un golpe y huían, en una táctica digna de guerrilla, pero que en este caso no
hacían el daño suficiente.
Así
fue toda la noche, hasta que volví a caer en una de esas decisiones en las que
uno después piensa por qué lo hizo y no encuentra respuesta alguna.
Horas
después me encontré caminando, con mis auriculares puestos, cantando a viva voz
sobre el final de la madrugada, lanzando un par de trompadas a los carteles y provocándome
un dolor que calaba en los huesos. Sabía que los fantasmas estaban otra vez al
acecho e incluso las canciones que mi celular elegía me lo advertían.
Fue
en ese momento que llegué a la plaza. Vi un escenario y una fuente. Algo me
dijo que debía quedarme ahí y así lo hice. No había nadie, éramos la oscuridad
y yo y fue ahí que llegaste, que te vi por primera y única vez.
Te
paraste al frente mío y sin decir nada, te sentaste a mi lado, me clavaste la
mirada y hasta me pareció ver una sonrisa en tu rostro. Permanecimos en
silencio veinte minutos, cómo si nos estuviéramos estudiando, cómo si ese
momento fuera lo que haría que el mundo siguiera existiendo o acabara esa misma
noche.
Hablamos
sin hablar y juraría que hasta podías ver mi alma cuando me sostenías la
mirada. Fue raro, hacía mucho no me sucedía algo así y sentí enojo hacia mi
mismo, al darme cuenta de ese sentimiento que crecía en mí.
Quería
llevarte conmigo, pero sabía que no podía. Ni siquiera me dijiste tu nombre, lo
tuve que descubrir solo. Pero eso no sirvió de nada, a pesar de que no me dejabas
de mirar con tus imponentes ojos marrones, ambos sabíamos que nada podía
hacerse.
viernes, 8 de noviembre de 2013
La puerta 12, una historia real
Me lo habían contado varias veces pero nunca lo quise creer. Me parecía una fantasía de tipos que siempre andan con miedo por la vida, de esos que imaginan cosas para autojustificarse, pero ayer, por la tarde, todo cambió y hoy me siento a escribirlo, porque no sé que pueda ocurrir a partir de ahora y admito, tengo miedo.
Hace más o menos un año, en uno de los calabozos del exCose (la cárcel de menores) hubo dos chicos encerrados. Esa tarde, durante las visitas, uno de ellos había logrado ingresar un encendedor y cuando se fueron a dormir, se puso a jugar con él.
El resto de los calabozos también estaban ocupados y en silencio. Los empleados se habían quedado ordenando todo, mientras la noche parecía quedar en paz, pero no fue así.
En la celda 12, el chico de 18 años jugaba a apagar y prender el encendedor. Cuando se comenzó a aburrir del juego, lo acercó al colchón de arriba, pero fue demasiado y rápidamente este comenzó a incendiarse.
Cuando quiso apagarlo, se dio cuenta que pedazos de tela y de colchón encendidos caían sobre él y sobre su propia cama. En cuestión de segundos, los dos colchones ardían en llamas.
En los otros calabozos, hasta ese momento todo era tranquilidad, pero el primero de los gritos alertó a los demás interno, al mismo tiempo.
Los operadores también los escucharon y llegaron corriendo a investigar qué ocurría y se encontraron con la celda 12 en llamas y los dos menores agarrados a la puerta, mientras las llamas ya les comenzaban a cubrir las espaldas.
Desesperados, intentaron abrir el candado, pero el calor hacía imposible ingresar la llave. Los nervios se iban apoderando de cada uno de ellos, hasta que de la nada, un operador apareció con un hierro e hizo palanca hasta romper el candado y abrir la puerta.
Ese mismo empleado, junto a otro, se metieron a la celda sin que les importara las llamas, levantaron a ambos menores en sus brazos y los llevaron a una pileta, mientras las cámaras filmaban todo, en unos minutos que parecieron una eternidad.
Esa noche, uno de los menores murió, el otro fue entregado a la familia luego de permanecer internado. El resto de los menores declaró a favor de los operadores y de su desesperación.
Ya pasó más de un año de ese hecho, pero hace unas semanas me contaron que algo nuevo sucedía desde hace tiempo y no lo quise creer.
Sabía que los menores no querían ser alojados en esa celda. Decían que estaba maldita, que había mala vibra, que no les gustaba. Incluso los empleados mencionaban cosas, pero realmente no les creía.
Pero ayer a la tarde, tuve que pasar por ese calabozo, y lo que vi juro que no me lo esperaba. El lugar estaba en silencio, no estuve aquella noche pero me imaginé que ese silencio debió haber sido parecido al que hubo previo a la tragedia.
El aire se puso pesado, me costaba respirar, incluso mover los pies se me hacía cada vez más imposible y fue entonces que giré hacia la celda 12. Ni siquiera sé el motivo por el que lo hice, pero no pude dejar de hacerlo. El candado de la puerta… se movía solo.
Miré hacia las ventanas, hacia las puertas, pero estaban todas cerradas. Ni una sola corriente de aire. Y el candado, cómo si tuviera vida, se movía de un lado a otro.
Hace más o menos un año, en uno de los calabozos del exCose (la cárcel de menores) hubo dos chicos encerrados. Esa tarde, durante las visitas, uno de ellos había logrado ingresar un encendedor y cuando se fueron a dormir, se puso a jugar con él.
El resto de los calabozos también estaban ocupados y en silencio. Los empleados se habían quedado ordenando todo, mientras la noche parecía quedar en paz, pero no fue así.
En la celda 12, el chico de 18 años jugaba a apagar y prender el encendedor. Cuando se comenzó a aburrir del juego, lo acercó al colchón de arriba, pero fue demasiado y rápidamente este comenzó a incendiarse.
Cuando quiso apagarlo, se dio cuenta que pedazos de tela y de colchón encendidos caían sobre él y sobre su propia cama. En cuestión de segundos, los dos colchones ardían en llamas.
En los otros calabozos, hasta ese momento todo era tranquilidad, pero el primero de los gritos alertó a los demás interno, al mismo tiempo.
Los operadores también los escucharon y llegaron corriendo a investigar qué ocurría y se encontraron con la celda 12 en llamas y los dos menores agarrados a la puerta, mientras las llamas ya les comenzaban a cubrir las espaldas.
Desesperados, intentaron abrir el candado, pero el calor hacía imposible ingresar la llave. Los nervios se iban apoderando de cada uno de ellos, hasta que de la nada, un operador apareció con un hierro e hizo palanca hasta romper el candado y abrir la puerta.
Ese mismo empleado, junto a otro, se metieron a la celda sin que les importara las llamas, levantaron a ambos menores en sus brazos y los llevaron a una pileta, mientras las cámaras filmaban todo, en unos minutos que parecieron una eternidad.
Esa noche, uno de los menores murió, el otro fue entregado a la familia luego de permanecer internado. El resto de los menores declaró a favor de los operadores y de su desesperación.
Ya pasó más de un año de ese hecho, pero hace unas semanas me contaron que algo nuevo sucedía desde hace tiempo y no lo quise creer.
Sabía que los menores no querían ser alojados en esa celda. Decían que estaba maldita, que había mala vibra, que no les gustaba. Incluso los empleados mencionaban cosas, pero realmente no les creía.
Pero ayer a la tarde, tuve que pasar por ese calabozo, y lo que vi juro que no me lo esperaba. El lugar estaba en silencio, no estuve aquella noche pero me imaginé que ese silencio debió haber sido parecido al que hubo previo a la tragedia.
El aire se puso pesado, me costaba respirar, incluso mover los pies se me hacía cada vez más imposible y fue entonces que giré hacia la celda 12. Ni siquiera sé el motivo por el que lo hice, pero no pude dejar de hacerlo. El candado de la puerta… se movía solo.
Miré hacia las ventanas, hacia las puertas, pero estaban todas cerradas. Ni una sola corriente de aire. Y el candado, cómo si tuviera vida, se movía de un lado a otro.
Esa misma noche, pasaron más cosas raras. Hubo silbidos, pero no había nadie despierto. Lo peor es que después se agregaron pasos y todos provenían de un lugar cerrado, donde solamente se podía acceder con una llave. Después de eso, nadie pudo conciliar el sueño.
PD: Unos días antes de la Navidad del 2011, dos chicos quedaron atrapados en su celda durante un incendio provocado por un encendedor. Uno de ellos murió a las pocas horas. El resto de los menores alojados declaró ante la Justicia, favoreciendo a los operadores, las cámaras mostraron la desesperación de estos y como ellos apagaron el incendio antes de la llegada de los bomberos. Sin embargo, el Gobierno y las autoridades del exCose los dejaron solos, sin apoyo legal ni psicológico. Lamentablemente, la historia es real, salvo algunos detalles. Incluso el candado, que hasta el día de hoy, dicen, en ciertos horarios se mueve solo.
jueves, 31 de octubre de 2013
Historias de telo
“Entramos al telo, pagué, nos metimos a la habitación y en lo
mejor de todo, en ese momento en que sabés que lo próximo que viene es quedarse
sin ropa, ella me tiró un ´¿no te molesta que esté en mis días, no?`, ahí se
terminó la joda, la quería matar, descuartizar o lo que sea”.
Hace unos días recordé esa anécdota de mi
pasado, en medio de una mesa en donde cada uno contaba una de esas bellas
historias que sólo pueden ocurrir en telos. Por respeto a los que compartieron
mesa conmigo, sus historias seguirán siendo solamente de ellos.
¿Pero quién no la ha pasado mal en un telo,
hotel alojamiento, albergue transitorio o como quieran llamarlo?
Hay que convenir que hay cosas peores que eso
que me ocurrió. Por ejemplo, llegar caminando a un telo es algo complicado. A
nadie le gusta que justo pase alguien, un amigo o un vecino y vea que vas
entrando con tu novia/saliente/nombre desconocido al telo y se de cuenta que
planeas tener sexo (la gente suele ser muy perspicaz).
Por supuesto, también hay otras opciones aún
más desastrosas. Puede pasar que entres a un telo, y la cajera, esa chica que
tiene la molesta función de trabajar mientras el resto se dedica a disfrutar,
te dice que está todo ocupado y que vos y tu chica deberán esperar en el
living.
No te gusta para nada la situación, pero sabés
que en cualquier momento te toca, por lo que la tomás de la mano y te dirigís a
los sillones y ahí pasa lo que no debía pasar. Te encontrás a tu novia y no
sabés como soltarle la mano a la chica que llegó con vos y tardás cinco
segundos en entender que tu novia también fue al telo pero… ¡con otro y no con
vos!
Aún peor, es encontrar en el living a tu mamá,
que recién separada de tu viejo, está teniendo más sexo que vos y que se
encuentra esperando otra habitación. De tal palo tal astilla, al menos en lo
que se refiere a la espera.
Después está el tema de las miradas. Si caes con
una mina muy linda, uno siente la presión de que esa noche, al menos por dos
horas, uno tiene que ser una mezcla de Messi y Cristiano Ronaldo y un actor
porno.
Por que ahí tenés la presión de tener que
lograr que la chica vuelva a pasar por todos esos trámites con vos, pero además
debés soportar que la cajera o la chica que te lleve hasta la habitación o
quién sea te miren con cara de “vos no deberías estar con ella, es mucho para
vos, seguro tenés plata”, y eso también te puede llegar a jugar en contra,
porque uno sabe que es inexplicable que esa chica te haya dado bola.
De hecho vos tampoco entendés eso pero le das
las gracias a los planetas alineados, a la bruja a la que fuiste e incluso a tu
vieja, que es la única que insiste con que sos lindo.
Hay otra situación. Cuando uno anda de buenas, se puede dar el
gusto de elegir y decir “con vos sí” y “con vos ni a palos”, pero siempre, en
algún momento viene una larga y prolongada sequía, a veces por voluntad propia,
otras, por voluntad de los demás.
Es en ese punto cuando dos cervezas llevan a
que veas a esa mina a la que nunca le darías bola, como lo más parecido a
Celeste Cid o Sabrina Garciarena. El problema con esta usurpadora de
identidades es el momento después del sexo. Ese momento en que ella te abraza y
te mira esperando que le digas que la querés.
miércoles, 25 de septiembre de 2013
Tus ojos verdes
Aún lo recuerdo cómo si fuese ayer. Tenías el pelo castaño y
los ojos verdes. No recuerdo cuando fue la primera que te vi entrar, pero sí la
primera vez que me di cuenta que estaba enamorado de vos.
Te sentaste a mi lado y me pediste una lapicera, fue la primera
vez que te miré a los ojos y a partir de ese momento buscaba que nuestras
miradas se cruzaran siempre, cómo si mis pupilas pudieran decir lo que a mi
boca no le salía, a pesar de todas las veces que lo ensayaba a solas en mi
habitación.
¿Tenías cuántos? ¿10 u 11 años, igual que yo? Estábamos en
quinto grado cuándo hice las primeras de tantas estupideces que hice por una
chica. Te escribí una carta, incluso hasta le pasé perfume como había visto en
las películas y en un recreo te la guardé en la mochila.
El problema de cuándo sos chico es que tus padres te compran
esos perfumes horribles que se pueden sentir a kilómetros y yo lo aprendí
cuando vos entraste al aula y lo sentiste y pude ver cómo tu cara se iba
transformando a medida que te acercabas a tu silla e ibas descubriendo, sin
duda, que ese perfume provenía de tu mochila.
Apenas la leíste supiste que era yo. Tonto, me quise hacer
el misterioso y no le puse firma pero mi letra y mi cara de estúpido me
delataba. Pero lo peor no fue eso, vino después, cuando te vi riéndote con tu
compañera mientras le mostrabas la carta. Era mi primer acto estúpido de amor y
me sentí humillado y lastimado por primera vez.
Llegamos a séptimo grado y aún me gustabas, pero había
aprendido a esconder mis sentimientos, más aún porque ese hecho creo que me
marcó para siempre a la hora de hablar con una mujer. Para peor, eras mi
competidora por la bandera y me ganaste y por si eso fuera poco, le diste tu
primer beso a un amigo.
Terminada la escuela dejé de verte. Ambos fuimos a colegios
públicos, pero tu destino y el mio no iban juntos y terminamos separados por
muchos kilómetros y no volví a saber de vos hasta hace unos meses.
Yo salía de la facultad y te tomaste el mismo colectivo que
yo. No habías cambiado nada, el mismo peinado, los mismos ojos verdes, la misma
sonrisa. Fue como volver a tener diez años. Me reconociste y fuimos hablando
todo el camino.
Hace unos días te volví a ver, yo había decidido irme
caminando y vos también. Nos cruzamos, volvimos a hablar y me mencionaste lo de
la carta y me pediste perdón. “Tenía diez años”, me dijiste y yo sonreí y te
dije que no había nada que perdonar, que era una boludez lo que había hecho.
En el camino me contaste que te habías peleado con tu novio
hacía unos meses, qué te había gustado encontrarte conmigo y que yo estaba muy
cambiado, que ya no era tan callado y que te hacía reír mucho. Para cuando
llegamos al punto donde debíamos separarnos me miraste y te quedaste callada.
Te pregunté qué te pasaba y me dijiste que habías sido una estúpida cuando
teníamos diez años pero que yo te gustaba y querías saber si yo quería salir
con vos.
Te miré a los ojos, esos ojos verdes que hipnotizaban a
cualquiera, me sonreías nerviosa, se notaba que era la primera vez que vos
invitabas a alguien y no al revés, como debías estar acostumbrada.
Y estuve tentado, no lo voy a negar, porque realmente te
veías hermosa, pero te dije que no, que no podía salir con vos. Que en esos
meses había comenzado a salir con alguien, que casualmente era compañera tuya
de facultad y te conocía. Vi tu cara de derrota y te pedí perdón mientras una
lágrima caía de tus ojos y me hacía dudar otra vez, pero cuando te fuiste no pude evitar sonreír, no de
malicia, sino porque recordé mis lágrimas de los diez años y fue como una
revancha, cómo saber que es verdad eso que dicen que todo tiene vueltas.
Después comencé a caminar, me sentí diferente por primera
vez en toda mi vida, y volví a sonreír mientras iba en búsqueda de esa chica
que aceptó salir conmigo tras una carta, pero esta vez sin perfume y con mi
nombre al pie de la hoja.
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