martes, 8 de abril de 2014

Un adiós mundial

“A su abuelo le quedan seis meses de vida”. Hay momentos que uno recuerda siempre y yo, apenas escuché a mi vieja decir que mi abuelo se moría, sabía que ese sería uno de esos momentos. Lo que no entendía era porque mi vieja había usado la frase “su abuelo”, en lugar de decir “mi papá”. Era como si se quisiera despegar del dolor de ver al tipo que la crió, partir y nos tirara toda esa tristeza a mi hermana y a mí.

En aquel momento yo era mucho más chico que ahora, bueno, siete meses más chico, pero en ese tiempo había pasado de tener 15 a tener 16 y esa edad, no sé por qué, me hacía sentir mayor.

Mi hermana, en cambio tenía 20. Esa diferencia de edad siempre, toda la vida, fue una mierda. De chicos, mis viejos nos dejaban solos y ella quedaba al mando y yo me tenía que aguantar que me mandara a comprar mientras ella jugaba con sus amigas. Pero de grande es peor, porque no sólo seguía quedando al mando, sino que también me debía bancar que mis amigos la miraran y que ella se hiciera la linda para hacerme enojar y desde que descubrió que un escote siempre gana, todo se había vuelto peor.

Esa noche no pude dormir. La frase de mi vieja volvía todo el tiempo a mi cabeza. Lo peor es que quería llorar y no podía. Mi abuelo me había enseñado las cosas más importantes de mi vida. De que el helado de limón no lo quiere nadie, pero es porque no entienden lo exquisito que es; que el cacao sabe mejor cuando lo comes a escondidas; que las papitas de copetín saben mejor convertidas en sanguchito y que el fútbol es una de las cosas más hermosas que el Barba creó en este mundo, junto a las mujeres, algo que había comenzado a descubrir en el último tiempo, aunque sólo teóricamente. Pero de todo eso, lo más importante para él y para mí, era el fútbol.

Mi papá se había separado de mi mamá cuando yo tenía diez años y se había mudado a Santa Cruz, donde tenía otra familia, por lo que lo veía unas cuatro veces al año, con suerte. Desde ese momento, mi abuelo se había convertido en mi figura paterna y con él, había aprendido que yo podía atajar bien, a tomarle el tiempo a los delanteros y que jugar de ocho es una de las mejores sensaciones que tuve, pero también había otra cosa.

Él siempre decía que para mirar el fútbol, uno debe verlo con sus propios ojos en la cancha, para disfrutar del césped, de las camisetas, de las hinchadas o por radio, donde los relatores provocan que el partido más aburrido se sienta como si fuese una final del mundo y te hacen tener nervios hasta en los laterales. Al principio no le compartía eso de la radio, teniendo la televisión, hasta que en los últimos años comenzaron a salir campeones equipos como Arsenal y Banfield jugando un fútbol muy aburrido, entonces ahí le agarré el gustito a la radio, porque allí todos jugaban como el Barcelona, la Argentina del 86 o España del 2010.

II

Habían pasado tres meses desde que mi vieja llegó con la noticia. Juro que había días en que parecía imposible que el viejo tuviera una cuenta regresiva sobre él, pero así era y ni mi hermana, Agustina, ni yo, nos lo podíamos sacar de la cabeza.

Fue en uno de esos días que cayó el negro. Ignacio, tal cómo se llamaba era dos años mayor que yo y si bien me lo confesó tiempo después, se hizo amigo mío para levantarse a mi hermana, algo que nunca logró, pero las amistades, al igual que la vida, tiene caminos muy extraños.

El negro no sabía nada, pero cuando lo vio caminar a mi abuelo con dificultad se me vino al humo.

- ¿Loco, qué le pasa?

- Se muere, le solté y ahí nomás, antes de que me dijera algo le agregué: cuatro meses le quedan.

No lo podía creer. Desde hacía un par de años con el negro éramos inseparables, incluso ahora que estaba ayudando al tío con una radio, él siempre se las arreglaba para venir a casa casi todos los días y en las últimas semanas se había ausentado, por lo que tomó de sorpresa y no sabía que decir, por lo que inmediatamente comenzamos a contar historias que no habían transcurrido hacía tanto pero que habían tenido a mi abuelo ayudándonos en todas las cagadas que nos mandábamos.

- Estamos hablando cómo si ya estuviera muerto.

No alcancé a terminar el comentario que me arrepentí. A esa altura, Agustina se nos había unido y por primera vez en semanas la veía reírse con nuestras anécdotas hasta que mi comentario hizo que en el aire se olfateara un sentimiento de amargura.

Pero fue lo que vino después porque no entendimos nada. Llevábamos tres minutos envueltos en un silencio sepulcral cuando el negro se levantó cómo si lo hubiese atacado un ejército de hormigas carnívoras.

- ¿Qué te pasa Negro?

- Ehhh, no nada, mirá me tengo que ir, acabo de recordar algo pero mañana vengo a la misma hora. ¡No te vayas a ir!

Ese “no te vayas a ir” me dejó desconcertado, porque fue en tono de orden. Agustina, que entendía menos que yo, lo dejó pasar, total el otro era amigo mío y su locura debía bancármela yo.

Llegó hasta la puerta, se volvió, le dijo algo a mi abuelo, me miró, guiño y se fue y me dejó ahí parado el muy pelotudo, preguntándome qué le pasaba por su cabeza.

III

- Escuchá, ese es Víctor Hugo. ¿Viste cómo se te pone la piel de gallina? ¿Viste el sentimiento que transmite cuando le dice a Maradona barrilete cósmico, cómo se le quiebra la voz cuándo le agradece a Dios? Y Víctor Hugo es uruguayo. A eso me refiero cuándo hablo de los relatores de radio, ¿entendés Alejandro? Vos no habías nacido, pero ese relato no lo podrás olvidar jamás.

IV

- Estás loco negro, es imposible.

El negro había vuelto, tal como había prometido, y no había dejado de hablar en los veinte minutos que llevaba en la casa. Lo primero que hizo fue llamarme a los gritos y conducirme a mi propia habitación para contarme su plan.

- Ale, tenemos todo para hacerlo y con lo que menos contamos es tiempo. Sé que será complicado, pero la parte técnica la tenemos sólo hay que pulir un poco la idea.

- ¿Pulir? ¿Sabés cuánta gente necesitamos para hacer lo que me estás diciendo? Y eso sin contar que nadie debe decir nada, que hay que convencer a mi vieja, a mis tíos, es un quilombo… es imposible de hacer, olvídate.

- De tu vieja me encargo yo a su debido momento.

Me dijo eso y noté que le dijera lo que le dijera, el negro quería llevar su plan adelante y hasta que no fracasara no iba a parar. Intenté un último intento para frenarlo y me paró en seco.

- ¿Te acordás aquella vez en la escuela, cuando rompí el vidrio y si mis viejos se enteraban me iban a matar y tu abuelo se hizo pasar por el mío y se bancó que le dijeran todas las pelotudeces que yo hacía? Bueno, se la debo, por eso quiero hacerlo.

Me quedé mudo, no supe que contestar. El negro no era muy de recordar lo que se hacía por él y menos de ponerse sentimental, así que me callé y aguardé, con la esperanza de que se cansara de su plan y con el paso de los días se rindiera.

V

Pasaron dos semanas desde que el Negro había venido a mi casa con su idea y a mi abuelo ya sólo le quedaba dos meses, cuando empezaron los problemas

- Ya está todo listo, ahora toca tu parte. Incluso ya hablé con tu vieja y tu hermana y no se van a meter. Así que depende de vos.

“Depende de vos”. Antes dije que hay frases que quedan en la memoria, pero ésta en especial me hizo reír y querer cagarlo a trompadas.

La parte que a mí me tocaba del plan era una de las más complicadas. Se trataba de engañar a mi abuelo, y si bien no era complicado, me molestaba hacerlo. Debía hacerle creer que era otro tiempo, que no estábamos en abril, sino que en mayo. En otras palabras, aprovecharme de su débil memoria y hacerlo confundir, a él, al tipo que prácticamente me había legado lo más importante que tenía en mi vida.

Pero que mi vieja lo apoyara al negro fue lo que me terminó de convencer. Bah, en realidad fue que si yo no lo hacía, lo haría él y eso sería peor, porque así como era de tener locuras, también era conocido su poco tacto a la hora de manejarse.

VI

- Argentina debe ganar el mundial, Ale

- Y sí, sino nos matamos abuelo…

- No, no por eso. Al fútbol le falta la magia del 10. España salió campeón con un gran equipo, pero los hábiles, los que se sacan tres jugadores en un metro cuadrado casi ya no vienen. Si Argentina sale campeón será por Messi y otra vez ese tipo de jugadores serán importantes, como cuando estaban Maradona y Platini, Baggio, Valderrama. Hacen falta aquellos que aman el fútbol y se divierten. Hace falta magia…

VII

Los siguientes días fue un quilombo mi casa y hacer que el abuelo no se diera cuenta lo que se venía era una tarea que nos llevaba todo el día.

Lo primero fue suspender que nos trajeran el diario. Para eso adujimos que había paro de canillitas.

Lo segundo fue empezar a leerle noticias de internet. Ahí aprovechábamos que el viejo no quería saber nada con la computadora, entonces no corríamos el riesgo de que sin querer descubriera el plan pergeñado por el negro.

Lo tercero era también evitar que los vecinos hablaran o él se diera cuenta de que llevábamos una semana confundiéndolo con que ya casi estábamos en junio, hasta que logramos convencerlo, pero lo que vi ese último domingo de abril (mayo en nuestra realidad alternativa no me lo esperaba).

Salí ese domingo a la calle, había perdido el sorteo de ir a comprar las facturas con mi hermana y me encontré toda la cuadra adornada con banderas argentinas de los dos lados, hasta dos niñitos jugando al fútbol contra su portón con las camisetas de la selección puestas y fantaseando que ambos eran Messi.

En eso sale mi vecina, de 17 años, y que no me hablaba desde que su cuerpo comenzó a tomar formar y yo me quedaba como bobo viéndola y me dijo: “en casa estamos todos hablando de lo que ustedes idearon. Es muy lindo lo que hacés por tu abuelo”, me dio un beso en la mejilla y se fue, dejándome cómo un tarado en potencia que sólo atinó a decir “gracias”, y que aún hoy no sé si realmente lo dije o me lo imaginé.

Después de ese beso, para mí yo era Messi y también supe que ya no había marcha atrás. El plan debía salir a la perfección y me asombré de la capacidad del Negro para no sólo convencerme a mí, sino también a toda la cuadra de que vivíamos un mes adelantado del resto del mundo.

VIII

- ¿Seguro tu abuelo no ve televisión? Mirá que eso es clave.

- Posta, su vida pasa por la radio y ahora por lo que nosotros le leemos de internet.

- ¿Se lo creyó?

- Sí, negro, hasta ahora se ha creído todo. Cree que ya estamos a unos días. ¿Cómo vas a hacer con el tema del partido?

- Lo tengo todo listo. Vos pónele la emisora que te dije. El Pablo, que es el locutor, ya viene adelantando un especial. Le encantó la idea y hasta armó un concurso para sacar algún beneficio propio, así que viene todo de diez. Hasta móviles dentro de la cancha tendremos.

Tenía razón el negro. Que mi abuelo no viera televisión era clave. El resto de las cosas podíamos medianamente controlarlas, pero la televisión no. Creo que fue la primera vez en mucho tiempo que agradecí que no le gustara ver los partidos por la caja boba y amara escucharlos. El plan iba llegando a quizá la etapa más complicada. El mundial estaba encima de nosotros.

IX

- ¿Alejandro te acordás el primer mundial que escuchamos juntos?

- Sí abuelo, el del 2006, yo era chico.

- Siempre quise festejar con vos un mundial, pero nunca pasamos de cuartos.

- Yo también. Este mundial será nuestro, ya verás.

- …

- …

- Espero llegar.

- Eh viejo, vas a llegar, es una promesa.

X

Y llegó nuestro 15 de junio (para el mundo real aún faltaba un mes), pero para nosotros ese día jugaban Argentina- Bosnia y era el debut de nuestro mundial ficticio, el punto en el que el plan podía irse a la mierda si algo salía mal, si mi abuelo se daba cuenta de la trampa o si la transmisión de la radio se cortaba.

- ¿El Pablo está listo?

- Sí, está listo y es la quinta vez que te lo digo. Hasta los vecinos están avisados, no te preocupés que todo va a salir bien.

Cómo para no preocuparme. El negro había ideado un plan donde adelantábamos un mes el mundial, donde estaba complotada mi familia y mis vecinos, todo para que mi abuelo tuviese otro final.

Lo peor es que yo no podía estar detrás del plan, ya que debía estar con el viejo escuchando el partido, a través una radio donde el relator era Pablo, un amigo del negro y dos flacos más que ni siquiera conocía, pero que se habían prendido porque Pablo ideó una especie de juego en donde los oyentes debían acertar cómo salía el partido, quién lo ganaba y a través de eso, todo el mundo ganaba algo.

Admito que Pablo relataba bien y que lo había armado bastante bien. Por suerte, los otros dos pibes sólo se dedicaban a comentar alguna jugada del partido, ya que a último momento los logramos convencer de que no intentaran imitar a los jugadores haciendo notas de mentira.

A los 18 minutos del primer tiempo hubo un tiro libre para Argentina. No sé por qué, sabiendo que todo era mentira, ese disparo de Messi clavándose en el ángulo lo pude ver en mi cabeza cómo si realmente estuviese pasando, pero no fui el único. Lo grité con todas mis fuerzas pero mis vecinos también. Lo miré al negro que inspeccionaba todo desde detrás de la puerta. Toda la cuadra escuchaba la misma radio, el hijo de puta no había dejado nada al azar y no pude más que mirarlo con admiración.

A los 25 del segundo tiempo fue la primera vez que casi echamos a perder todo. El Pablo envalentonado con un 3 a 0, hizo que Marcos Rojo saliera gambeteando desde atrás, dejara a uno, a dos, a tres en el camino y la clavara en el ángulo. ¡Sí, Marcos Rojo!

Mi abuelo entró a sospechar y lo miré al negro con ganas de matarlo. Porque si era Messi, Agüero y hasta Di María, vaya y pase, pero Rojo que no puede gambetear ni un árbol en el parque era demasiado fantasioso.

Por suerte, Pablo vio el mensaje de WhatsApp en el medio de su grito de gol y corrigió el relato, asegurando que era Messi el autor de tal jugada. Esa misma noche nos iba a explicar que “su error” fue porque es fanático de Estudiantes y que se dejó llevar por la euforia. En tanto, mi abuelo se lo creyó y sólo pegó una puteada a los relatores que no ven nada y se confunden de jugadores.

La primera prueba había pasado y Argentina ya tenía su primer triunfo en el mundial. La cuadra estaba de fiesta y creo que si alguien ajeno al plan hubiese pasado ese día por ahí, habría pedido manicomio para todos.

X

- Tres goles hizo, te dije Alejandro, la magia existe.

- Sí, pero ahora se viene Irán y hay que ganarles para llegar tranquilos contra Nigeria.

- A Nigeria los tenemos de hijos, llegamos a octavos y ahí empieza nuestro verdadero mundial.

XI

La primera ronda se pasó fácil. 4 a 0 a Bosnia, 4 a 1 a Irán y 1 a 0 contra Nigeria. Argentina ya estaba en octavos de final y nosotros agotados.

Mi hermana ya estaba cansada de seguirnos la corriente y si lo hacía era porque también era su abuelo. Mi vieja todos los días se olvidaba del plan y teníamos que callarla o corregir sus metidas de pata. A mis vecinos no podíamos controlarlos y mi abuelo nos seguía creyendo pero su salud cada vez empeoraba más y casi ya no salía de la cama y menos aún de la casa.

Si bien eso nos quitaba el problema de los vecinos de encima, a nosotros nos partía el alma, pero el viejo siempre nos sacaba una sonrisa de vaya a saber dónde y todos sabíamos que no podíamos renunciar por más trabajo que nos costara.

Y ya era 1 de julio en nuestra fantasía y Argentina jugaba los octavos contra Suiza y yo no podía disimular mis nervios, mis ganas de gritar que paráramos con la farsa que no aguantaba más, pero que menos soportaba verlo al padre de mi vieja tirado en la cama, haciendo fuerzas para escuchar el partido en la radio, mientras nosotros, porque Agustina se nos había unido a la hora de los partidos, luchábamos para no llorar.

Ese día Argentina venció 2 a 0 a Suiza, en un partido discreto, pero que salió tal cuál se lo habíamos pedido a Pablo. A esa altura, el negro prácticamente vivía en mi casa y era el único con fuerzas para realmente seguir con el acto de ilusionismo que él mismo había ideado.

XII

- Alejandro, cuándo yo ya no esté, vas a tener que cuidar de tu mamá y de tu hermana, serás el único hombre de la familia.

- Abuelo dejá de joder que no te vas a ir a ningún lado.

- No, yo estoy viejo, enfermo pero no soy tonto. Sé lo que dijeron los médicos.

XIII

Cuando Argentina estaba en semifinales todo era como un sueño. En la cuadra, mis vecinos vivían una euforia increíble y a veces pasaban a visitarnos sólo para sentirse más partícipes del engaño.

Mi abuelo dormía o hablaba con Agustina y conmigo, dándonos todo el tiempo consejos de cómo debíamos portarnos cuándo él ya no estuviese para cuidarnos. Claramente era una situación de mierda, pero ni a mi hermana ni a mí nos daba para callarlo, ya que ninguno sabía cómo curarlo de esa muerte que parecía acercarse cada vez más.

De hecho, en los últimos días, su situación se había agravado y por momentos no nos reconocía o peor aún, se confundía de fecha y no sobre la real, sino que retrocedía años atrás.

Con ese cuadro de situación, fue que Argentina jugó uno de los mejores partidos en todo el mundial y con dos goles de Higuaín y uno de Messi, le ganó a España 3 a 1, pero en la casa no había mucha euforia.

Ese día mi abuelo estaba más decaído que de costumbre, escuchó a Pablo relatar el partido en silencio, hizo un comentario sobre cómo había mejorado a la hora de relatar y sólo atinó a hacer una pequeña sonrisa cuando el árbitro, o mejor dicho Pablo, dio por terminado el partido. Argentina llegaba a la final, la primera en 28 años y mi abuelo también se acercaba a su último partido. Esa noche me dormí llorando.

XIV

13 de julio en nuestro mundo, 13 de junio en el real. Finalmente llegaba nuestra final y cómo no podía ser de otra manera, era contra Brasil, porque si toda la historia es una fantasía, en la nuestra esa era la final soñada.

Tanto el negro como yo habíamos escuchado la historia del “maracanazo” de la boca de mi abuelo, de aquel 2 a 1 con el que los uruguayos vencieron a 200.000 brasileños en una final de copa del mundo, y en nuestro sueño, Argentina repetía aquella hazaña.

Esa mañana fue anormal teniendo en cuenta lo que habían sido los anteriores. Mi abuelo estaba de humor e impaciente porque a las 16 era la gran final y nosotros, nerviosos porque nuestro plan llegaba a su fin. Llevábamos un mes engañándolo, le habíamos regalado un mundial que en el mundo afuera de nuestra cuadra recién empezaba, pero que casi ya no nos importaba.

Esa tarde nos sentamos los dos en el living. Agustina estaba demasiado nerviosa y explicó que se iba a estudiar a su habitación, porque rendía en unos días. Todo era como antes.

Y casi como un calco de aquella vieja final, al comienzo del segundo tiempo, Brasil se ponía 1 a 0 con gol de Neymar, pero el viejo sonreía. Algo dentro suyo sabía cómo debían darse las cosas y a mí ya no me importaba si la final existía realmente o no, sólo disfrutaba de verlo tranquilo y feliz.

Y así fue porque a los 25, Pablo inventó una jugada maradoniana, Messi se limpió a dos al borde del área y se la picó al arquero. 1 a 1 y a ver qué sucede.

Y lo que sucedió fue que Agüero se escapó de su marca y de volea le pegó al arco faltando sólo dos minutos, el arquero vuela, Messi y los demás observan cómo la pelota se dirige a su destino inexorable que es dentro del arco, ven como el arquero roza el fútbol con dos dedos, cómo ésta se desvía apenas pero lo suficiente para reventar el palo, pero hay uno que no se queda viendo y se arroja al suelo, es Higuaín, el goleador con olfato para saber de antemano para donde iba a rebotar la pelota y cuando el partido está por terminar, se escucha un grito de gol u once, en medio del silencio de 200 mil brasileños.

Al lado mío, mi abuelo también lo grita y me abraza. No lo puede creer. Argentina gana 2 a 1 y está saliendo campeón. El mismo grito se replica en las casas de alrededor, que cómo no podía ser de otra manera, no querían perderse esa final ficticia.

Los últimos minutos fueron de nervios y muy reales. Quería que Pablo lo terminara, le mandaba mensajes al negro, pero era interminable el partido y de repente terminó. Dos segundos de silencio y la cuadra volvió a explotar en gritos y con ella mi casa.

Cuando dejé de gritar y festejar lo miré a mi abuelo, que se había quedado paralizado mirándome. Me abrió los brazos, y mientras me decía: “Te lo dije Ale, íbamos a salir campeones. La magia aún existe”, yo no soporté más toda la angustia cargada y me largué a llorar como cuando tenía 8 años y me caía de la bicicleta y corría hacia él, cómo si esa fuera la fórmula mágica para curar cualquier dolor.

En medio del abrazo, sentí otra persona que se nos unía. Era Agustina. No había aguantado el encierro y sin que me diera cuenta, había escuchado los últimos minutos parada en la puerta del living. Tampoco pudo evitar llorar y se nos unió en un abrazo en donde uno, mi abuelo, lloraba de alegría y los otros dividíamos lágrimas por verlo feliz pero también porque no dejábamos de pensar en lo que se venía.

XV

- Ale te debo confesar algo

- ¿Qué pasó Negro?

- ¿Te acordás cuándo nos hicimos amigos? Bueno… yo me acerqué a vos por la Agus.

- …

- En serio, no me mirés así.

- ¿Y pasó algo?

- No, nunca me dio bola así que nunca le dije nada y después se me pasó.

- Ah, ok.

- Ok.

XVI

Dos días después de aquella final, mi abuelo finalmente falleció. Lo sepultamos el mismo día. Esa tarde en el cementerio no faltó nadie. Ni siquiera Pablo y sus dos comentaristas, a quiénes abracé, les agradecí y les prometí un asado o algo, por todo lo que hicieron. Mi vecina también estaba ahí y me saludó desde lejos, con una sonrisa triste que devolví y agradecí, porque no me encontraba en condiciones de mantener una postura valiente en ese momento.

El negro lloraba con nosotros, como un nieto más, como si fuera otro hijo de mi vieja y Agustina no se separaba de mí.

Mientras volvíamos y mi vieja manejaba el auto, recordé que el verdadero mundial había empezado, miré la hora y deduje que Argentina debía estar jugando sus últimos minutos contra Bosnia, por lo que puse la radio justo para escuchar un gol.

No sabíamos de quién había sido, hasta que el relator dijo que era de Messi, que era de Argentina. Sonreí. Un minuto después, el mismo periodista nos confirmó que era el 4 a 0. Miré al negro y me devolvió la misma sonrisa que tenía yo y que Agustina también tenía dibujada en su rostro. Miré hacia el cielo y volví a sonreír. Era demasiada casualidad.


martes, 11 de marzo de 2014

El fin del mundo



"En serio, el cielo se volvió blanco cuando íbamos  llegando a Los Andes". Mariano no se cansaba de contar lo que nos había pasado cuando regresábamos de Chile y la verdad es que era lo único emocionante del viaje luego de tres películas malas, un cancherito enfrente nuestro, una niña que lloraba cada cuarenta minutos y la gorda de la madre que me apoyaba el culo en el hombro cada vez que se paraba.

"Nos pegamos un cagazo bárbaro, para mí que se viene el fin del mundo y Jesús anda viendo donde aterriza para que todo esto se vaya a la mierda", siguió Mariano, que luego de llegar de Chile lo pudimos convencer de no hacerse cura cuando le hicimos notar que habría domingos en lo que no iba a poder ir a la cancha por estar dando misa.

"No, ese no es Jesús, esas eran las almas de Pedernera, de Cucciufo, y de otros futbolistas muertos que quieren estar presentes cuando demos el maracanazo en Brasil, lo que pasa es que van con tiempo para conseguir buenos lugares", sostuvo el Jere, que ante la sorpresa de todos hablaba con cara de estar diciendo esas boludeces muy seriamente.

"Piensen, Brasil es el país de Sudamérica con más católicos, el Papa estuvo ahí pidiendo que hagamos lío, es un lugar muy espiritual, ¿cómo se lo iban a perder?", agregó el boludo y de repente, con cara de más boludo, me encontré imaginando miles de almas argentinas surcando el cielo para ver a Messi levantar la copa del mundo.

"¿Che, por las dudas de que fueran estrellas fugaces no pidieron un deseo? Miren si tuvimos la oportunidad de ser campeones y de que el tomba no descienda y todo se va al carajo porque ustedes dos, pelotuditos, no se avivaron de pedir un par de deseos", tiró Seba.

"No te preocupes que los pedimos y por las dudas agregué otro donde exigimos que dejaras de ser tan comilón y pelotudo pero las estrellas, Jesús, las almas y los extraterrestres nos respondieron que hay milagros imposibles de lograr", le respondí, harto de que se crea más vivo que el resto.

"Están todos equivocados. ¿El fin del mundo? ¿almas? ¿estrellas fugaces? Déjense de joder. Eso lo han imaginado o eran aviones o simplemente un efecto de luces. Estamos en el 2014 y ustedes son tan supersticiosos como en la Edad Media, por favor", reclamó en un reto el Agus, que además de amargo y arruina teorías, también era el más inteligente.

Todos nos callamos y bajamos la cabeza, dentro mío me preguntaba qué era lo que yo creía y si Agus tenía razón o no o si incluso el pelotudo de Seba acertaba y por colgado de no pedir los deseos no ganábamos nada y lo miraba a Mariano en busca de una mirada que me dijera qué él sí los había pedido.

En eso, Agus volvió a abrir  la boca y me sacó de mis pensamientos. "¿Che, muchas minas en la playa?", preguntó y Marianito agarró el guante: "Sí y no sabés la que me levanté", empezó a contar...

lunes, 27 de enero de 2014

"Fue el karma, seguro que fue eso"



"Fue el karma, seguro que fue eso". El Nacho tiró su lapidaria condena y se quedó callado, como quien acaba de decidir que una persona pasará su vida en la cárcel.

Con Lautaro nos quedamos callados, no queríamos ahondar en la herida. Al Nacho le acababan de robar la mochila con su cámara de fotos adentro, su billetera y algo de plata. De repente, las vacaciones en la playa ya no eran tan buenas y sumábamos una anécdota que no queríamos que fuese nuestra.

"Es el karma", repitió el Nacho, "ayer nos llevamos un vaso del bar y hoy nos roban la mochila, con la cámara de fotos y la plata", argumentó, dando a entender que si el karma existe es realmente un hijo de puta mafioso que cobra con demasiados intereses.

Recién llevábamos dos días de nuestras vacaciones y estábamos coronando de esa manera un viaje que ya había comenzado torcido, donde nos habíamos perdido antes de llegar al lugar, la cabaña se había inundado y por si fuera poco, en el viaje habíamos escuchado hasta a Los Rancheros. Indudablemente el karma se había ensañado con nosotros, aunque a esa altura ya íbamos teniendo la teoría que se estaba cobrando hasta por nuestras vidas pasadas y paralelas.

Sin la mochila, sin la única cámara de fotos que teníamos para trabajar en la playa, sin las paletas y la pelotita, con menos plata y con un par de lentes menos, decidimos ir a Carabineros, esa fuerza policial chilena famosa por su habilidad para repartir palos y golpes cuando quieren, que suele ser muy seguido.

Al salir de ahí, los tres que habíamos ido, Lautaro, Nacho y yo, hicimos un pacto: se hacía todo bajo lo legal, no se tomaba más alcohol ni se hacía el ridículo y eso para nosotros era como un castigo, pero todavía faltaba convencer a los otros tres que estaban con nosotros y que en ese momento estaban cambiando pesos argentinos por chilenos y que encima esa noche iban a salir a bailar. ¿Cómo los convencíamos de portarse bien en la noche chilena?

Era la medianoche y aún no llegaban. A esa altura, temíamos que el karma pudiera haber atentado contra ellos y el auto se les hubiese roto o algo así.

A medida que pasaban los minutos, el sueño le iba ganando a la preocupación y caíamos uno por uno en la cama, sin que el resto llegara todavía.

Nunca nos enteramos cuando aparecieron en la cabaña. Así como llegaron se fueron a bailar. Nunca pudimos hablar con ellos de nuestro juramento hasta la mañana siguiente.

Una vez que estuvimos todos levantados, decidimos hablarles sobre la mochila, el juramento, el karma y la venganza de esa cosa tan extraña que por lo visto ataca a todos, excepto a los ricos.

Nos habíamos preparado solemnemente. Íbamos a hablar todos pero cuando comenzamos, Tincho nos interrumpió con un "paren, paren, miren lo que nos trajimos, bah nos robamos, con el Mati" y mostró dos vasos chiquitos con la leyenda Fernet Branca.

Nos miramos y lo supimos en el instante, sin decirnos nada: no había forma de convencerlos pero además tampoco había manera de vivir las vacaciones si nos teníamos que comportar como caballeros ingleses, fue ese el momento en que el Nachito, siempre el Nacho, que había visto y escuchado todo, que había sido la víctima principal del robo nos miró a todos, subió la escalera ante nuestra mirada interrogatoria y al regresar dijo: "¿se piensan quedar todo el día ahí parados o nos vamos a ir al bar a tomar?". Estábamos de regreso. Éramos nosotros seis contra el karma y quién se parara en frente. Estábamos, otra vez, de vacaciones.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

Dudas de un tal vez...



Rara vez la encuentro despierta, pero cuando lo hago es una de las cosas más hermosas que he visto. Poder observar sus movimientos, ver que no ha cambiado en nada de cuando la conocí, que se sigue peinando antes de acostarse, que le reza a sus ángeles previo a dormir y que se acuesta de costado, siempre hacia la ventana. No hay noche en que no la vea.

Ojo, algunos dirán que soy un pervertido por mirarla todas las noches, en secreto, sin que ella lo sepa y nunca animarme a buscarla, a golpear su puerta, a decirle: “acá estoy, perdón por haber llegado tarde”, pero la verdad es que no me animo, temo que todavía esté dolida, o peor aún, enojada.

Esta rutina la vengo haciendo desde hace dos años al menos. El único problema que tuve fue cuando le regalaron un perro. Porque todo el mundo ama a esos animales, incluso yo, pero el ovejero ya era grande y si bien, a mí me parecía bonito, por lo visto yo lo asustaba y no me dejaba de ladrar. Esto provocaba que a mi amor solo la pudiera ver unos minutos porque después cuadrúpedo aparecía y tenía que salir huyendo a mi hogar.

Por suerte, una noche descubrí que el perro no estaba. En realidad tampoco fue suerte, porque ella, cansada de que ladrara todas las noches, se  lo llevó al campo y yo nunca pude dejar de sentirme culpable, de que renunciara a su única compañía.

El otro día me puse a pensar en eso, porque tengo muchas horas libres ahora y pienso mucho en esa época. Desde que nos separamos, ella no estuvo con ningún hombre, lo sé, porque como dije voy todas las noches a verla y aunque no lleva a nadie a su casa, aún noto la mirada triste por nuestra separación. Notar esas cosas siempre hace que me pregunte si me aceptaría de vuelta, pero no lo hago por miedo a que me rechace, creo que eso me destruiría.

Sin embargo, ayer  fue diferente. Llegué a medianoche, como siempre y las luces estaban encendidas. Se escuchaban voces, risas pero sólo eran dos, lo que significaba que no había una celebración. Cuando se apagaron las luces, los vi ingresar a la habitación, bajé la cabeza y me fui, no quise contemplar lo que allí iba a pasar, lo que finalmente pasó.

Hoy volví a ir. De hecho estoy en su ventana, como lo hago desde hace dos años. Tuve la esperanza de que lo de anoche fuera algo del momento, porque uno siempre tiene sus necesidades, aunque yo hace tiempo que no las tengo, pero no todos son como yo, lo admito. 

Otra vez la misma voz masculina, otra vez las risas, y un “te amo” que salió de su voz y me retumbó en la cabeza como si me hubieran disparado. No pude evitar sonreír, aunque reconozco que fue algo triste. Mi cobardía la alejó y ella encontró otro amor. Tal vez si me hubiese animado…

Me quedé a mirarla por última vez,  decidí no volver. La observé, la memoricé y decidí que estaba bien que ella estuviese feliz. Luego giré y tomé el camino para volver a mi hogar. Encontré la puerta abierta, esta vez no debía subir por el muro y eso me alegró un poco, comencé a esquivar los pozos hasta que llegué a mi casa, reconocible por la placa que dice “Familia Nasar”. Empujé la puerta y me acosté, supe que esa noche sería la última que saldría y lo único que pensé fue: “hace dos años… si hubiese salido antes, si no me hubiese demorado, si hubiese visto ese camión, si no hubiera cruzado en rojo… tal vez, solo tal vez, estaríamos juntos”, y me dormí, sabiendo que esa noche era la última en que pondría mis pies fuera del cementerio para ir a verla.

jueves, 21 de noviembre de 2013

El día que Borges se enamoró



Del maestro Ignacio (Nacho) de la Rosa
No se escuchaba nada, todo era silencio, excepto por sus dos voces y algunos gritos que se oían en un bar ubicado en la esquina, a casi unos cien metros de donde se encontraban. 

      -         Lo que pasa Jorge es que  vos no sos bueno, nunca lo fuiste y por eso no te gusta y atacás a todo aquellos a los que les gusta.

-         No, te equivocas Julio, más allá de lo que decís, no le veo la razón a tanta irracionalidad, a tanta falta de lógica.

-         Es que justamente esa falta de lógica es lo que lo hace perfecto, por ejemplo…

-         No, no comencés con ejemplos como hacen los otros dos, que ya me tienen las bolas llenas contando sus anécdotas.

-         ¿Quiénes, el negro y el gordo?

Casi como si fuera un acto de magia, los dos nombrados aparecieron en la puerta, saludaron con un ademán de cabeza y fue el Negro el que tiró la fatídica invitación que cambiaría su vida.

Queridos, mañana hay desafío contra los rockeritos de la otra cuadra y los necesitamos en el equipo.

Para Jorge, ese “los necesitamos” fue como una patada a la altura del pecho. Apenas lo escuchó sabía que era complicado, por no decir imposible, huir y mientras pensaba una solución, escuchó que Julio se largó a preguntar, como ya aceptando el desafío.

-         ¿Quiénes somos?, dijo, incluyéndolo.

El negro, esperando la pregunta, respondió: “Somos nosotros cuatro, Adolfo, el Rodo y Horacio, lo llamamos a Joaquín pero el mendocino dice que está ocupado, que para la próxima, tal vez- Bah, lo mismo que dice siempre que lo convocamos”.

“Va a estar complicado, porque van el jefe y el hijo a ver el partido y si van esos dos, significa que habrá lleno total”, completó el gordo, que hasta ese momento no había abierto la boca.

“Mierda”, dijo Jorge, casi bajito pero lo suficiente para que los demás escucharan. Al verse descubierto, y para disimular su enojo, preguntó por el otro equipo.

“Y… está el escocés, Federico, ese que anda de mallas todo el tiempo, que le dicen abuelito, Abuelo o algo así. También Norberto, Carlitos, el gallego Julián Infante y el chileno Jara”, enumeró el negro, mientras completaba advirtiendo que el partido era a las 16.

Apenas dijo eso, los dos se esfumaron, Julio también se fue y Jorge quedó mirando hacia la nada misma, pensando en un partido en el que no quería estar y por el que no sentía el menor de los entusiasmos.

Esa noche salió a caminar, cuando estaba regresando a su casa pasó por la puerta del café y escuchó las risotadas del negro, los gritos del gordo y algún otro de Julio. Imaginó que ahí estaría el resto del equipo y se molestó: “mañana estarán todos borrachos”, pensó y se fue ofuscado a dormir.

Pero la noche no lo ayudó. No dejó de dar vueltas en la cama. No entendía que les gustaba del fútbol. Cómo puede ser bueno un deporte en donde no siempre ganan los mejores, los que más méritos hacen. Cómo un tipo puede pensar con los pies, si todo el mundo sabe que en la mente está el poder. Y lo peor era la presencia del jefe y de su hijo. Era demasiada presión para él, que sabía que por sus habilidades no le quedaría otra que ser arquero.

Finalmente logró dormir, pero toda la noche fue una pesadilla y se despertó agitado, transpirado y nervioso. Esa tarde fue el último en llegar a la cancha y se sorprendió de ver a sus compañeros ahí. Jorge estaba nervioso, con un cigarrillo en la mano y otro en la boca. El negro y el gordo no dejaban de hablar, pero había algo raro, no se reían, se los notaba tensos. Le gustó la situación, nadie notaba que no quería estar ahí, aunque otra cosa le molestaba, era el ruido de la gente que había acudido a ver el partido y se preguntó cuántos habían asistido.

Mientras estaba en sus pensamientos, el Negro le tiró la camiseta. Era negra, con un escudo blanco. Sabía que en algún lado había visto ese dibujo, era un león sobre una cancha. Lo reconoció, hace muchos años lo había dibujado Caloi. Sintió algo dentro de él que no supo reconocer qué era y se alarmó.

Cuando avanzaba hacia la cancha con el resto del equipo, escuchó como el Negro y el Gordo trataban de tranquilizar al resto con algunos chistes, pero los nervios también se les notaba en sus voces. No querían perder ese partido. Lo miró a Julio y lo notó impaciente, le sostuvo la mirada y le hizo un gesto de aprobación cuando sus ojos se cruzaron. Hasta él se sorprendió de ese gesto que acababa de hacer.

Pero fue en el primer paso dentro de la cancha cuando dejó de entender del todo lo que le pasaba. La cancha estaba llena, por lo menos cinco mil almas. Y de cada una de las tribunas llovían papeles y la gente cantaba, hasta el hijo del jefe saltaba en una de las tribunas y se lo notaba desencajado, mientras otros dos tipos de barba, con el torso desnudo, lo escoltaban a cada lado.

Mientras los miraba, volvió a sentir algo en el pecho. Su vista iba de las tribunas a la cara de sus compañeros. Los comenzó a entender y eso lo descolocó más, porque no comprendía lo que pasaba dentro suyo, justo él, que siempre fue amante de la lógica y el saber.

Se puso inmediatamente en el arco, no dejaba de mirar la pelota y agradecía que no se acercara nadie del equipo contrario a su área. A los cinco minutos, Julio bajó una pelota sobre la línea, la levantó y la pasó por arriba de un rival y se la tocó al gordo, quien inmediatamente se la devolvió. 

No pudo dejar de admirar la simpleza, exactitud y belleza de esos movimientos, de esos toques y trató de no desconcentrarse, pero fue cuando Julio llegó al borde del área que comenzó a perder su compostura, un centro a media altura, regalado para los defensores, el escocés preparado para reventarla y el negro,  como si fuera una especie de acto de magia, se arroja, vuela dos metros y llega con su cabeza antes que el pie del defensor. Gol y a cobrar.

Festeja el negro, Julio y el gordo corren a abrazarlo. La hinchada no deja de gritar y festejar y de repente un grito de aliento supera todas las voces: “¡Vamó´Negro, la puta madre que a estos muertos les ganamos!”. 

Silencio total, todo el mundo callado, incluso él. Sabía que el grito tenía su voz, pero le costaba reconocerse y en un segundo entendió todo, comprendió sus nervios y a sus amigos, recordó sus charlas, vio a la gente cantar, observó la pelota que estaba atrapada dentro de la red del arco contrario, sintió una lágrima caer y se supo enamorado, igual que ellos, de ese deporte sin sentido, sin lógica, sin razón y supo que solo había tardado una vida y parte de la eternidad para descubrir ese amor y salió del arco corriendo para abrazar al Negro, mientras le pedía al árbitro la hora.



miércoles, 13 de noviembre de 2013

Encuentro casual de madrugada



Sus ojos marrones me miraron llenos de tristeza. No supe qué decirle. Era el momento más complicado de nuestra corta relación y yo no encontraba las palabras para pedirle que se alejara de mí, que no podíamos estar juntos.

Había sido un viernes de esos para el olvido. Me desperté, igual que las últimas semanas, con los mismos fantasmas acechándome. Hasta ese día no habían ganado la batalla, siempre lograba espantarlos de un modo u otro, pero ese día atacaron con más fuerza y me vencieron.

Un par de veces me tiraron al piso, de donde me costó reponerme una y otra vez. Algunas lágrimas de dolor aparecían en mi rostro y yo me negaba a rendirme, no quería ser vencido, no quería caer nuevamente, por más que supiera que esa guerra era de no acabar.

Finalmente decidí que lo mejor era escapar del encierro, dejar que mis fantasmas vinieran o se quedaran, en definitiva siempre hacen lo que quieren y me fui.

Esa noche, los espectros decidieron no acercarse demasiado. Me vieron con amigos y se dieron cuenta que era más complicada la pelea, entonces se acercaban, daban un golpe y huían, en una táctica digna de guerrilla, pero que en este caso no hacían el daño suficiente.

Así fue toda la noche, hasta que volví a caer en una de esas decisiones en las que uno después piensa por qué lo hizo y no encuentra respuesta alguna.

Horas después me encontré caminando, con mis auriculares puestos, cantando a viva voz sobre el final de la madrugada, lanzando un par de trompadas a los carteles y provocándome un dolor que calaba en los huesos. Sabía que los fantasmas estaban otra vez al acecho e incluso las canciones que mi celular elegía me lo advertían.

Fue en ese momento que llegué a la plaza. Vi un escenario y una fuente. Algo me dijo que debía quedarme ahí y así lo hice. No había nadie, éramos la oscuridad y yo y fue ahí que llegaste, que te vi por primera y única vez.

Te paraste al frente mío y sin decir nada, te sentaste a mi lado, me clavaste la mirada y hasta me pareció ver una sonrisa en tu rostro. Permanecimos en silencio veinte minutos, cómo si nos estuviéramos estudiando, cómo si ese momento fuera lo que haría que el mundo siguiera existiendo o acabara esa misma noche.

Hablamos sin hablar y juraría que hasta podías ver mi alma cuando me sostenías la mirada. Fue raro, hacía mucho no me sucedía algo así y sentí enojo hacia mi mismo, al darme cuenta de ese sentimiento que crecía en mí.

Quería llevarte conmigo, pero sabía que no podía. Ni siquiera me dijiste tu nombre, lo tuve que descubrir solo. Pero eso no sirvió de nada, a pesar de que no me dejabas de mirar con tus imponentes ojos marrones, ambos sabíamos que nada podía hacerse.

Finalmente me levanté, te acaricié una vez más y te sonreí, fue una sonrisa triste, que vos también me devolviste. Miré tu collar por última vez, ahí decía que te llamabas Charlie y que estabas buscando un dueño, me levanté y comencé a caminar, me seguiste unos pasos hasta que consideraste que la distancia entre los dos ya era suficiente. Después me dijiste adiós con un ladrido y te fuiste a probar suerte con dos chicos que pasaban por ahí. Ya estaba amaneciendo y era hora de ir a dormir.


viernes, 8 de noviembre de 2013

La puerta 12, una historia real

Me lo habían contado varias veces pero nunca lo quise creer. Me parecía una fantasía de tipos que siempre andan con miedo por la vida, de esos que imaginan cosas para autojustificarse, pero ayer, por la tarde, todo cambió y hoy me siento a escribirlo, porque no sé que pueda ocurrir a partir de ahora y admito, tengo miedo.

Hace más o menos un año, en uno de los calabozos del exCose (la cárcel de menores) hubo dos chicos encerrados. Esa tarde, durante las visitas, uno de ellos había logrado ingresar un encendedor y cuando se fueron a dormir, se puso a jugar con él.

El resto de los calabozos también estaban ocupados y en silencio. Los empleados se habían quedado ordenando todo, mientras la noche parecía quedar en paz, pero no fue así.

En la celda 12, el chico de 18 años jugaba a apagar y prender el encendedor. Cuando se comenzó a aburrir del juego, lo acercó al colchón de arriba, pero fue demasiado y rápidamente este comenzó a incendiarse.

Cuando quiso apagarlo, se dio cuenta que pedazos de tela y de colchón encendidos caían sobre él y sobre su propia cama. En cuestión de segundos, los dos colchones ardían en llamas.

En los otros calabozos, hasta ese momento todo era tranquilidad, pero el primero de los gritos alertó a los demás interno, al mismo tiempo.

Los operadores también los escucharon y llegaron corriendo a investigar qué ocurría y se encontraron con la celda 12 en llamas y los dos menores agarrados a la puerta, mientras las llamas ya les comenzaban a cubrir las espaldas.

Desesperados, intentaron abrir el candado, pero el calor hacía imposible ingresar la llave. Los nervios se iban apoderando de cada uno de ellos, hasta que de la nada, un operador apareció con un hierro e hizo palanca hasta romper el candado y abrir la puerta.

Ese mismo empleado, junto a otro, se metieron a la celda sin que les importara las llamas, levantaron a ambos menores en sus brazos y los llevaron a una pileta, mientras las cámaras filmaban todo, en unos minutos que parecieron una eternidad.

Esa noche, uno de los menores murió, el otro fue entregado a la familia luego de permanecer internado. El resto de los menores declaró a favor de los operadores y de su desesperación.

Ya pasó más de un año de ese hecho, pero hace unas semanas me contaron que algo nuevo sucedía desde hace tiempo y no lo quise creer.

Sabía que los menores no querían ser alojados en esa celda. Decían que estaba maldita, que había mala vibra, que no les gustaba. Incluso los empleados mencionaban cosas, pero realmente no les creía.

Pero ayer a la tarde, tuve que pasar por ese calabozo, y lo que vi juro que no me lo esperaba. El lugar estaba en silencio, no estuve aquella noche pero me imaginé que ese silencio debió haber sido parecido al que hubo previo a la tragedia.

El aire se puso pesado, me costaba respirar, incluso mover los pies se me hacía cada vez más imposible y fue entonces que giré hacia la celda 12. Ni siquiera sé el motivo por el que lo hice, pero no pude dejar de hacerlo. El candado de la puerta… se movía solo.

Miré hacia las ventanas, hacia las puertas, pero estaban todas cerradas. Ni una sola corriente de aire. Y el candado, cómo si tuviera vida, se movía de un lado a otro.

Esa misma noche, pasaron más cosas raras. Hubo silbidos, pero no había nadie despierto. Lo peor es que después se agregaron pasos y todos provenían de un lugar cerrado, donde solamente se podía acceder con una llave. Después de eso, nadie pudo conciliar el sueño.


PD: Unos días antes de la Navidad del 2011, dos chicos quedaron atrapados en su celda durante un incendio provocado por un encendedor. Uno de ellos murió a las pocas horas. El resto de los menores alojados declaró ante la Justicia, favoreciendo a los operadores, las cámaras mostraron la desesperación de estos y como ellos apagaron el incendio antes de la llegada de los bomberos. Sin embargo, el Gobierno y las autoridades del exCose los dejaron solos, sin apoyo legal ni psicológico. Lamentablemente, la historia es real, salvo algunos detalles. Incluso el candado, que hasta el día de hoy, dicen, en ciertos horarios se mueve solo.