jueves, 5 de septiembre de 2013

Un sábado diferente (el destierro)



Se levantó nervioso. No era un sábado cualquiera y él lo sabía a pesar de sus trece años. No había podido dormir bien. Una y otra vez dio vueltas en la cama, pensando en porqué le había jugado ese desafío a su primo, cuál era el motivo de tamaña irresponsabilidad.

Porque él tiene sólo 13 años y sus amigos también, pero su primo, Alejandro,  tiene 15 y es más grande y más alto. Pero esa tarde, cuando el primo y los amigos los corrieron de la canchita de la otra cuadra, Tincho les apostó el estadio –que era un baldío con unos arcos de madera- a un partido y el que perdía, debía mudarse a otro lado. Lo que significaba ser desterrado para siempre.

El desafío era a las cuatro de la tarde, faltaban todavía cinco horas y él recién se estaba levantando. El estómago lo tenía hecho un nudo y la cabeza no paraba de darle vueltas.  Buscó el pantalón corto de Argentina, ese que le había regalado su tío Eduardo para el cumpleaños, pero no lo encontró. Le preguntó a su madre y obtuvo como respuesta que estaba siendo lavado.

Si la noche había sido mala, el día comenzaba peor, esos pantalones eran su cábala, nunca había perdido con ellos.

Buscó uno negro, sin escudo de ningún equipo, y se puso una camiseta azul, que alguna vez fue de su hermano y que tenía un 8 en la espalda, algo borrado por el paso del tiempo.

Cuando llegó a la cocina automáticamente buscó la lata con cacao y la encontró vacía. Ahí recordó que nunca les dijo a sus padres que se había acabado. Trató de no enojarse, pero ya estaba muy nervioso y no lo logró.

Fue hasta la tetera y le robó agua caliente a los adultos para hacerse un té con tostadas, porque las tortas se las había comido su hermano, que rápido de reflejos se había levantado media hora antes.
Para colmo, de almuerzo hubo tarta de verduras y sus padres discutieron por estupideces, cómo siempre hacen los grandes, así que cuando partió a la cancha, no sólo iba con la sensación de que ese día jugaría su último partido en la cancha, sino que también iba hambriento y enojado.

Pero no iba a ser suficiente, porque Gastón llegó con lo justo cuando todos se habían puesto demasiados nerviosos porque sólo eran seis y les faltaba el arquero. La paciencia no era una virtud para él.

Era como una película donde los débiles, Tincho y sus amigos, se enfrentaban a siete gigantes, pero a diferencia de las que pasaban en la tele, éstos últimos jugaban tranquilos, se divertían y para ser honestos, les cascoteaban el rancho, los tenían en su área y Gastón se jugaba el partido de su vida, mientras Tincho y los demás sólo lo ayudaban reventando la pelota hacia la nada y haciendo tiempo en cada lateral.

Los minutos pasaban y el empate seguía y cuando estaba oscureciendo llegó ese fatídico grito que paralizó los corazones de todos: "El que hace el gol gana"

Cinco minutos después ocurrió el milagro. Fue en una de esas jugadas en la que los relatores, sin que nadie entienda el motivo, dicen que es de otro partido. Un pelotazo que pega en el pie de Gastón y sale despedido hacia mitad de cancha, donde estaba Tincho, con su pantalón negro y su camiseta azul con el número 8 gastado.

La pelota que llega por arriba y él, que cuando la ve caer, escucha los pasos del número 6 que viene detrás a buscar la pelota o su cuerpo, lo que sea primero.

Sin pensarlo, Tincho toca la pelota con el taco cuando ésta no había tocado el suelo y gira hacia el lado contrario. El defensor pasa entra la pelota y el jugador y queda atrás, intentando descubrir que fue lo que ocurrió.

Desde esa posición, clavado en la mitad de la cancha, verá como ese ocho gastado le saca metros de ventaja y se acerca al número 2, que no es otro que Alejandro, que lo ha estado esperando toda la tarde para un duelo aparte.

Tincho verá a su primo, y sin pretenderlo, se dará cuenta que es más grande que hace una hora, cuando el partido recién estaba por empezar. O al menos eso parece

El defensor sonríe, tiene todas las de ganar, es más grande, más corpulento, más fuerte, sólo le tiene que tirar el cuerpo encima para terminar con la jugada y así lo hace. Tincho lo ve venir, se queda quieto esperando el golpe, pero tal vez por miedo o por esa milésima de lucidez, que separa a unos de otros, lo que hace es pisar la pelota y moverla hacia atrás al compás de su cuerpo. 

Ese paso, que para sus compañeros es casi en cámara lenta, como si fuera un bailarín de danza, dura menos de un segundo, pero lo deja a Tincho solo, frente a un arquero que se sabe vencido, y así fue porque el jugador que lleva esa camiseta gastada la coloca abajo, al lado del palo, donde es imposible llegar y lo que también era imposible es lo que finalmente ocurre: ganan los débiles, ese gol no significa un torneo, una transferencia a Europa, solo significa quedarse en la cancha y es lo único que les importa mientras soportan la mirada atónita y furiosa de los más grandes, que observan el festejo. Después vino la oscuridad.

Esa mañana Tincho despertó transpirado, nervioso. No era un sábado cualquiera y él lo sabía a pesar de sus trece años. No había podido dormir bien pensando en el desafío con su primo.

Buscó el pantalón corto de Argentina que le habían regalado y no lo encontró. Se puso uno negro y cuando fue a buscar una camiseta, vio una azul, que supo ser de su hermano. Súbitamente sonrió cuando vio el 8 en la espalda borrado con el paso del tiempo, cómo si supiera algo que hasta ese momento no sabía.

Su cara cambió, ya no estaba nervioso, algo era diferente y él lo sabía, a tal punto que ni siquiera le molestó que no haya cacao para desayunar, ni tortas y sólo verduras para almorzar. Tincho había descubierto que ese no sería cualquier sábado y volvió a sonreír, ya sin miedo de saber que en unas horas enfrentaba a su primo y podía ser desterrado para siempre. Esa ya no era una opción.

PD: Cuento escrito hace tiempo y reescrito nuevamente hace poco y con ilustración del gran Nacho de la Rosa. Ídolo de multitudes.

lunes, 2 de septiembre de 2013

"El escenario es terrible, comisario"



“El escenario es terrible, comisario, hay manchas rojas en todos lados, heridos, venga preparado”, advirtió uno de los primeros policías que había llegado al lugar al comisario.

Había dos vehículos involucrados, un auto y una camioneta, de esas grandes,  que tienen la trompa más alta que uno mismo.

-          “¿Flaco vos viste lo que pasó?”, le dijo el policía a un pibe de gris que tenía su auto estacionado a pocos metros del accidente.

-          “Sí, el de la camioneta salió en reversa, no miró y los pibes se la pusieron. Es terrible la escena ¿no?”, sostenía mientas miraba el auto inservibles y los asientos donde habían viajado los hermanos hasta minutos antes.

El policía le siguió la mirada y asintió. Buscó con la vista a los hermanos, uno de ellos estaba con un sangrando apoyado en el baúl del auto, mientras era tranquilizado por curiosos que pasaban por el lugar.

El otro estaba sentado en el piso, al borde la acequia, tenía una pierna lastimada y estaba algo mareado. Desde un puente los miraba un hombre canoso, pero no viejo, minutos antes los había amenazado a ambos diciéndoles que no sabían con quién se metían. Ellos luego se enterarían que era asesor de un alto funcionario del gobierno.

El uniformado volvió la vista hacia el auto, miró el asiento de atrás. Las manchas rojas sobre unas sillas blancas lo impresionaban, una perra negra asustada que viajaba en el auto le daba lástima pero el asiento de adelante le seguía impactando.

El comisario llegó unos veinte minutos después, sacó un bolso del asiento y lo dejó al costado del móvil. Con él venían dos médicos que se acababan de bajar de la ambulando.

“¿Así que es tu cumpleaños?”, le dijo el más joven a uno de los hermanos, mientras su rostro mostraba una sonrisa de lástima y una reflexión simple: “qué mala leche”.

Lo revisó y después le tocó a la otra víctima del choque. “Vamos a tener que llevarlos al hospital a que los revisen”, explicó, con una voz fuerte, de tal manera que escucharan los uniformados.

El comisario y dos policías se acercaron adonde estaba el médico con los pacientes, les tomaron los datos y miraron compungidos el auto. Todos pensaban igual: “No sirve más y es un milagro que estos dos no estén peor… pero igual es impresionante”.

 A los dos hermanos los subieron a la ambulancia, rumbo a un hospital público para que fueran revisados. El auto quedó ahí, al borde de la calle. El dueño de la camioneta tranquilo, ya que su vehículo había quedado casi intacto. Injusticias de la vida. 

Pero eso no era todo, el menor de los hermanos, el que cumplía años, el que tenía mala suerte según el médico, mientras la ambulancia se alejaba, pudo observar cómo el comisario buscaba el bolso que había dejado al costado del auto, sacaba unas gaseosas de él y se la pasaba a sus uniformados. Todos se acercaban al auto y se ponían a tomar, no era una casualidad el lugar elegido, sino que el asiento de adelante del auto estaba lleno de empanadas caseras y era demasiado impresionante esa escena como para no aprovecharla.

PD: Les quiero agradecer a todos los que se enteraron y se preocuparon por el accidente. No me quiero olvidar de José Eduardo Manyeri, el dueño de la Amarok, que no sólo salió en reversa sin mirar, sino que justificó el accidente diciendo que en Guardia Vieja no hay luces y que pasan todos los días. También agradezco que nos haya amenazado diciendo "no saben con quién se meten". Ahora ya sé quién es y no me calienta. Agradezco que no haya ido mi sobrina porque por esas cosas del destino había querido quedarse con los abuelos cinco minutos antes y agradezco que a mi hermano y a mi no nos haya pasado nada grave. Le mando un saludo al funcionario de gobierno que cayó al lugar a preocuparse por el dueño de la camioneta, tras la amenaza, y no esperó nunca ser reconocido. Qué lindo el muchacho. Aclaro que lo de la policía comiendo empanadas no existió, aunque es verdad que ver seis docenas desparramadas en los asientos de adelante fue un dolor a la vista. Solo fue una forma de buscarle un remate de humor, sin tener que hablar de la luz al final del tunel ni poner "Amanece en la ruta" de Sueter.

viernes, 19 de julio de 2013

"Rodrigo está vivo y en mi casa"



“Rodrigo vive en mi casa”, dijo la turca, y todos nos quedamos helados sin saber si habíamos entendido bien lo que, sin lugar a dudas, Vanesa había dicho.

Todos sabíamos quién era Rodrigo, era ese cantante que había muerto días atrás en un accidente, que cómo es costumbre, se convirtió en algo lleno de sospechas y con pocas certezas. Todo eso contribuía a qué menos entendiéramos esas cinco palabras soltadas de la nada, mientras íbamos de paseo a una bodega.

“A ver, empecemos otra vez ¿quién vive en tu casa?”, le soltó la enana, mientras todos dimos vuelta la cabeza esperando que la turca nos aclarara algo que no estábamos seguros de querer saber.
-          Rodrigo.

-           - ¿Qué Rodrigo?
-           - El cantante.
-           - ¿El que se murió?
-           - Sí, ese.
-           - Estás loca.
-           -No, en serio les digo, es Rodrigo.
-         
-         
Habían pasado cinco minutos de viaje y nos habíamos quedado callados. Para ser honesto, yo pensaba en si debíamos denunciar a nuestra amiga para que la encerraran. Francisco quería tirarla del colectivo en movimiento, por las dudas de que además de ver fantasmas también tuviera un arma en la cartera y nos quisiera matar. Belén, la enana, su mejor amiga, tiraba la opción de que la arrojáramos en alguno de los tanques de la bodega, “moriría borracha y feliz”, decía para convencernos, y no era mala la idea.

Lo cierto es que todos pensábamos las alternativas, pero el temor a que nos agarrara remordimiento de conciencia para toda la vida y el hecho de que a un par del grupo se le había dado por ir a retiros espirituales y estaban, por lo tanto, en un momento de bondad, nos detuvo.

Cuando todo parecía haber terminado y estábamos llegando a la excursión más divertida de nuestra vida. Digo divertida, porque era todo lo contrario. Ir a una bodega con 17 años y que por ser menor no puedas probar ni el agua con el que riegan las viñas no hace de un paseo algo memorable, aunque Vanesa ya se había encargado de esa parte.

Lo cierto es que al llegar a la bodega, y cuando todos habíamos dejado que el tema de Rodrigo se fuera, apareció Matías: “Che Vane, y Rodrigo, ¿no está con nosotros en la excursión, no?”. Debo admitir que nos reímos, pero rápidamente se nos fue la sonrisa de nuestros rostros cuando escuchamos la respuesta: “No, no puede salir del departamento”, dijo la turca. 

O sea, no sólo era un fantasma, sino que también estaba secuestrado. Más mala suerte no podía tener.
A esa altura ya teníamos miedo, pero era hora de volver al colegio para hablar de lo que nadie había entendido sobre el paseo por la bodega.

A la salida de la escuela, cómo cada día de cada semana, comenzaba el clásico ritual: ¿A qué casa íbamos a tomar la mediatarde y a jugar las cartas? Y lo bueno de ser adolescente es que los miedos duran poco y el elegido fue el hogar de Vanesa.

Hacia allá partimos cinco de nosotros, turca incluida, con una docena de tortas y un hambre que hacía hablar a nuestros estómagos. El seleccionado, como siempre, era La Mosca, un juego donde se reparten cinco cartas a cada uno, una de ellas se denomina triunfo y otras reglas, algo complicadas de explicar.

A esa altura ya no se hablaba de Rodrigo, sólo queríamos jugar, y ganar para gozar a los demás. Pero eso duró poco. Cuando fue el turno de repartir de Alejandro, se pudrió todo.

Comenzó a dar las cartas: Para Vanesa, para Belén, para Francisco, para mí, para él y erróneamente, para la sexta silla que había en la mesa. Lo dejamos seguir y fue Belén la que tradujo nuestra confusión.

“Ale, somos cinco y estás dando para seis”, le dijo, con una voz de autoridad o reproche. 
 
-        -  No, somos seis, ¿o Rodrigo acaso no juega?, fue su respuesta, dada con al mejor cara de ingenuo que podía poner en ese momento.

Y se largó la carcajada generalizada de todos, excepto la de Vanesa que se lo quería comer vivo, matarlo, desollarlo y colgarlo del primer mástil que se encontrara cerca, y de rebote la ligamos el resto.

El resultado de tal trifulca fue tarjeta roja para todos, se terminó el mate, las cartas, la juntada y uno detrás de otro fuimos bajando las escaleras. Admito que ninguno se sentía muy mal, el chiste de Alejandro había valido la pena y sabíamos que lo recordaríamos por años, pero fue cuando llegamos a la vereda y a medida que nos alejábamos, que lo escuché.

Desde la ventana de la casa de Vanesa venía una voz con acento cordobés, y no cantaba, es más, juro que le escuché decir: “¿Cómo se juega a la mosca?”. Los miré a los demás, Francisco y Belén me devolvieron la mirada, pero ninguno dijo nada. Hasta ahora.

martes, 2 de julio de 2013

El día que me enamoré



Nunca podría decir la fecha exacta en la que me enamoré del fútbol, pero sí el momento. Adonde yo vivía no se veían nunca esos grandes partidos de primera división, pero aquella tarde fue diferente.
Eran cerca de las cuatro de la tarde. La cancha estaba espectacular. Se veía casi nueva, con el césped parejo. Los carteles electrónicos rodeaban todo el estadio. De un lado estaba Boca y del otro River y yo los miraba desde arriba de las tribunas.

Hasta ese momento sólo los había visto por televisión y había ido a ver algún que otro partido de mi hermano o jugado uno yo. Pero esa tarde era otra cosa. Estaba en la mítica Bombonera, un estadio lleno, dos hinchadas cantando todo el tiempo y un recibimiento lleno de papelitos. Para mis siete u ocho años eso era el paraíso. No dejaba de mirar asombrado a esos jugadores que siempre creí que no vería nunca.

Tengan en cuenta que en ese momento no existía ni Riquelme, ni Aimar. Messi era un bebé y Argentina era el campeón vigente del mundo.

Claudio Caniggia
En River jugaban varios de ese equipo campeón: Pumpido, Ruggeri y otros como Caniggia que todavía era hincha del club donde jugaba, el negro Omar Palma y el uruguayo Antonio Alzamendi. Boca, por el contrario, lo tenía a Juan Simón, Cucciufo, Comas, Graciani… jugadores que eran buenos, pero que en un Boca-River no tiene importancia quién tiene el mejor equipo. Y yo ahí, para verlos jugar, mientras miraba hacia el ingreso a la cancha para ver si aparecía el vendedor de coca-cola.

El partido comenzó y fue un ida y vuelta desde el principio. Cada vez que se pasaba de mitad de cancha había peligro. Rápidamente River se puso uno a cero arriba. Toda una jugada de paredes entre Caniggia y el número ocho, Troglio, que terminó con una pelota cruzada que el arquero no logró desviar. 

Cinco minutos después, el 2 a 0. Esta vez Jorge Da Silva, un uruguayo que jugó en River y que tuvo un hermano que vistió los mismos colores años después.

Pero en el segundo tiempo fue otra la historia. Porque Boca estaba dolido en su orgullo y a Boca no se le puede hacer algo peor que eso, entonces a los 15 minutos, un bombazo de Comas, se metió en el ángulo, tras haber pegado en el palo y dejar  quieto, al arquero.

A los 40, el 2 a 2, centro al área y por detrás de todos entró Graciani para agarrarla de volea. El partido era hermoso y aún faltaban cinco minutos.

Y faltando un minuto para que el árbitro lo terminara, unos 40 hinchas cayeron infartados. El hombre de negro, porque todavía se vestían de negro en aquel momento, cobró penal para Boca.

Comas agarró la pelota, mientras los jugadores de River protestaban, pero ya no había nada que hacer. Era penal, Boca podía ganar después de ir perdiendo 2 a 0 y ya no quedaba tiempo para nada.
Allí estaba Comas de un lado de la pelota y a unos metros, Pumpido, esperando en el arco algo que podía ser la gloria o el castigo. Todo el estadio permanecía callado.  Dicen que había 50 mil personas, pero a esa altura yo creía que eran 100 mil. 

Cada paso de Comas hacia la pelota resonaba en todo el estadio, el contacto de su pie derecho con la pelota se escuchó aún más fuerte. La redonda salió esquinada, era imposible que Pumpido llegara, pero llegó, la tapó con una mano y apareció otra camiseta de River, para reventarla hacia la mitad de la cancha.

El partido estaba terminado, miré a mi papá a los ojos, él también me observó, pero rápidamente corrió la vista hacia la cancha. Es que el despeje había salido con un destino determina. Allí estaba Caniggia, bajándola con el pie derecho, tocándola ante la salida de un defensor, corriendo hacia el arco en una pista de atletismo de color verde que tenía casi 50 metros de largo, hasta el arco de Boca. Otros 40 hinchas murieron infartados en esos segundos que duró ese viaje de Caniggia.

Era él contra el arquero. Todo había dado un giro inesperado. Boca lo tenía ganado y ahora lo podía perder. Y lo perdió, porque Caniggia amagó con pegarle a la derecha, el arquero se tiró y el delantero  vio cómo se abría el hueco, y tan sólo la empujó, como si estuviera acariciándola con su botín derecho y la pelota entró tímidamente al arco. Otros 20 hinchas morían infartados.

El partido estaba terminado. De un lado, once festejaban, otros once miraban azorados. Cien mil o 50 mil hinchas aún no caían en lo que acababa de ocurrir. Yo, no entendía que había pasado, pero sí entendía algo, ese día me había enamorado del fútbol, pero no por el tercer gol, ni por las hinchadas, o sí, porque eran parte del todo, pero era la imprevisibilidad lo que me había enamorado. Esa alegría de ir ganando 2 a 0, esos nervios del 2-1, la frustración del empate. Los ruegos ante un penal de último minuto, la corrida no esperada, pasar del terror a la esperanza, de la esperanza al festejo y la incredulidad. Ese día me enamoré y supe lo que significaba que algo te hiciera el tipo más feliz del mundo y ese mismo algo te hiciera el tipo más triste. 

Tras el partido, me di cuenta que la siesta ya había terminado. Que las tribunas y los hinchas ya no estaban, sólo el relator. Que los carteles electrónicos eran tan sólo zapatillas puestas alrededor de la cancha que era la cama. Que los jugadores se habían transformado en soldaditos. Que el fútbol blanco y negro era una bolita nada más. Que el partido había terminado y el fútbol me había atrapado. Yo tenía siete u ocho años y me había enamorado.