domingo, 2 de junio de 2013

Roberto Arquímedes: el pase del año



-Usted no sabe lo que fue la discusión por el pase de Roberto Arquímedes. Nunca se vio una cosa así en el pueblo, me dijo el canchero de Deportivo Luquez, mirando mi rostro de periodista falto de una buena historia.

Yo había llegado ahí movido por la historia de Arquímedes, es verdad. Había sido noticia luego de hacer 7 goles en un solo partido y consagrarse goleador con 78 goles en 26 partidos, pero fue cuando llegué a General Domínguez que comencé a conocer el pasado de ese nueve casi mitológico.

Arquímedes jugaba en Atlético Gomina desde hacía seis meses. Hasta ese momento, había hecho su carrera en Deportivo Luquez, donde había estado seis años y siempre había sido goleador. Ahora, con sólo 28 años ya estaba pensando en retirarse, me dijo el canchero, “un problema en las rodillas”, me explicó en voz baja, como si estuviéramos en una iglesia.

Caminar por el pueblo era raro. En todos los comercios había una foto de Arquímedes, solo que dependiendo del negocio era si Arquimedes salía con la roja de Luquez o con la azul de Deportivo Gomina.

Y en todas las esquinas los adolescentes discutían de quien era realmente hincha este jugador. Si del club que lo volvió popular en el pueblo, o del equipo para quien jugaba ahora y con quién había roto el record de goles en un sólo campeonato.

Durante días intenté entrevistar a Arquímedes, pero no se podía. Lo fui a buscar a un entrenamiento y me dijeron que él se entrenaba solo, en un lugar que nadie sabía y aparecía para jugar nada más.
Quise hablar con sus ex compañeros, pero todos me decían lo mismo: “es un buen tipo” y chau, a otro tema.

Fue en ese momento, cuando mi rostro debe haber mostrado la desazón de saber que iba a volver con una hoja en blanco para decirle a mi editor que no había conseguido nada, que el canchero se me acercó y me dijo: “Arquímedes siempre fue el goleador en todos los lugares, pero la guerra por él fue cuando pasó de un equipo a otro. Usted no sabe lo que fue la transferencia. Todavía hay lío por eso”, y mis ojos brillaron de la emoción al empezar a presentir que por fin tenía una historia para contar.

“Mire”, me dijo Don Pancho, que se encargaba desde hacía 50 años de cuidar el césped de Deportivo Luquez. “Fueron varios meses de discusión en que los clubes no se ponían de acuerdo, porque acá no importaba que fueran equipos rivales, sino que lo que importaba era lo que se ponía por la transferencia, y nunca llegaban a un acuerdo, pero cuando llegaron, fue todo una fiesta. Nunca nadie había pagado tanto por un jugador. Está bien, Arquímedes era nuestro ídolo, pero la oferta que le hicieron al presidente era increíble. Nunca se vio en el mundo una oferta así, no se podía superar”, me explicó el canchero, emocionado.

“El problema vino después de la firma del contrato. Se presentó un hombre de traje y puso una denuncia por la trasferencia, todo fue a parar a la Justicia. El problema es que ya se había agotado todo lo pagado por el pase y no había cómo reponerlo. Encima el juez era hincha de los otros, así que nos condenó a devolver lo que nos pagaron, que aún no sabemos cómo hacerlo e hizo que Arquímedes siguiera jugando para ellos. Ahora estamos apelando, pero mientras tanto, ellos salen campeones con nuestro ídolo”, se lamentó Don Pancho.

“¿Pero cuánto fue el pase?”, pregunté. A esa altura, ya me había olvidado que era la historia del goleador lo que yo había ido a buscar y prácticamente mostraba los colmillos por el nuevo relato que había encontrado. Además, en mi cabeza escuchaba, sin parar, la frase: “Nunca se vio en el mundo una oferta así”. Sabía que me estaba exagerando, que Arquímedes tampoco era Messi, pero la curiosidad me había invadido y sólo quería saber el resto de la historia, esos detalles precisos que me llevarían a una buena historia para llevar a mi jefe.

“Y… las discusiones eran en privado entre los presidentes”, me dijo Don Pancho, como diciéndome algo que todo el mundo debía saber. “Aunque a veces podíamos escuchar los gritos y en un par de ocasiones, salieron sillas volando por las ventanas. Incluso, una vez hasta se fueron a los golpes, pero para serle sincero nunca supimos las primeras ofertas. Sólo la final y desde ya debo decirle, ninguno de nosotros la hubiera rechazado. Era una oferta excelente y en medio de los festejos por los cincuenta años del club. Ninguno la podía rechazar, lo de la Justicia no lo teníamos pensado y eso hasta le costó tres infartos al presidente y dos días de cama, recetados por el médico veterinario del pueblo”, me explicó, algo acongojado Don Pancho.

Me quedé mirándolo, en completo silencio, empujándolo a que me dijera qué era eso que ningún dirigente o empleado del club pudiera rechazar, hasta que finalmente entendió y me lo dijo.
“Como le expliqué antes, era una oferta nunca vista en el mundo y era imposible de rechazar. Qué se yo… estaban los festejos del aniversario y hacía falta plata para los festejos y ya habíamos rechazado varios buenos ofrecimientos, según nos explicó el presidente y esa había que aceptarla. Todos lo hubiéramos hecho”. Y sobrevinieron unos segundos de silencio, y en una voz, casi inaudible, mientras abría unos ojos gigantes, como de un chico que acaba de hacer su mejor travesura, me dijo: “Nos pagaron con un lechón de 180 kilos por Arquímedes”.

Lo miré. No lo podía creer. Me sentía un estúpido. Yo pensando en millones de pesos y el pase había sido por un animal. Ese era el gran pase del año, por un… ¡lechón!. No lo podía creer.

Don Pancho debe haber notado mi enojo y decepción, porque se acercó a mí, me abrazó y me dijo “m´hijo lo que pasa es que usted es de Ciudad. Igual yo sé que tal vez exageré, más aún teniendo en cuenta que aún debemos resolver lo de la Justicia, pero le aseguro que si usted hubiese comido de ese lechón, también aplaudiría por vender a Arquímedes” y sonrió, para callar de repente y acercarse a mí, como si quisiera decirme un secreto.

“¿Quiere qué le diga más? Arquímedes nos dijo que quería irse, nosotros no queríamos dejarlo ir pero él insistía, pero una noche todo cambió y supimos que no iba a poder jugar mucho tiempo más porque se había roto las rodillas. Por eso lo vendimos a ese traidor, o usted se cree que realmente íbamos a venderle a nuestro goleador al enemigo”, me dijo, sonriendo, mientras agarraba fuerte su bastón y golpeaba con fuerza al aire, como si de repente se despertara en él un recuerdo que le diera mucho placer, mientras se repetía a sí mismo: "sí... una noche todo cambió...".

sábado, 4 de mayo de 2013

"Ustedes no entienden"


“Me suicidé”, dijo Gabriel y con esa frase atrajo la atención de todos. Incluso la de Sebastián y el Juani, que como siempre estaban enroscados en sus discusiones futbolísticas.

“Me suicidé, fui a hablar con ella”, completó el Gabi. A ninguno le hizo falta que nos dijera quien era “ella”. Durante años, Carina había sido parte de la vida del cabezón, y por consiguiente de la nuestra. Siempre habían sido una excelente pareja, al punto tal de que el Gabi, a pesar de su anticatolicismo, estaba decidido a casarse en una Iglesia por ella.

Pero los últimos tiempos habían sido caóticos, el cabezón cayó en una crisis que no se bancó y arrastró todo con él y ella, hace unos meses se cansó y dijo “adiós”. A todos nos sorprendió un poco la pelea, porque ella había tenido sus cosas y Gabi nunca se rindió, pero después él ya no tuvo fuerzas y ella tampoco. Nadie podía culparla, más allá de que todos sabíamos cómo el Gabi la quería.

“¿Qué pasó?, contá”, ordenó Florencia, que a esa altura era la única mujer del grupo y que se había ganado el derecho de estar en la mesa, aunque nunca se dejaba de reclamar más presencia femenina en los cónclaves.

“Nada, no me banqué más estar alejado de ella, pensarla y soñarla y le dije que la amaba, que aún creía que nuestro proyecto estaba vivo, que aún soñaba con verla de blanco caminar hacia mí y que quería estar con ella, pero me respondió que no estaba dispuesta a volver a sufrir, y que yo no le podía asegurar eso y se fue, me dijo que me cuidara y me hizo un gesto con la mano, sin siquiera mirarme, mientras se subía al auto”.

Todos creíamos que Carina justamente reaccionaría así. La verdad es que Gabi siempre intentó mostrarse fuerte mientras eran pareja, pero el cabezón es un boludo que lo que tiene de racional, también lo tiene de soñador, aunque suene incompatible eso.

“¿A qué fuiste viejo, ella fue la que decidió terminar todo luego de tantas idas y vueltas, en serio, porqué fuiste?”, preguntó Javier desde una punta de la mesa.

“Yo sabía que podía estrellarme, sabía que era un suicidio, pero tenía esa puta ilusión de que no fuera así, que aún hubiera algo en ella, algo, un sentimiento, y sí, me equivoqué. Al final de la charla, ya ni me miraba, sólo se quería ir, no quiso bajar la guardia”, explicó y todos hicimos silencio, por la situación, pero también porque las últimas palabras temblaron en sus labios, estaba a punto de quebrarse y ninguno quiso decir algo que le impidiera recuperarse.

“Gabi, sabés que no podés atar tu vida a una relación que terminó. ¿Cuánto más vas a estar así? Llevás meses, más de un año. No te digo que salgas a cogerte a toda mina que se te cruce en la calle, pero no podés estar más tiempo así”, tiró el negro, con la simplicidad que sólo él tiene para decir algunas cosas.

“Tienen razón, igual no quiero andar conociendo a nadie, pero no sé qué hacer. Les juro que la extraño todo el tiempo, por eso lo hice. Después dicen que hay que pelear por lo que uno ama, pero cuando lo hacés sólo quedás partido al medio, es una mierda todo”. El Gabi no alcanzó a terminar que todos nos dimos cuenta que por esa noche sería un error cualquier argumento, pero como somos duros de cabeza, igual seguimos durante dos horas más, matándole la cabeza y no voy a negar que por momentos le sacamos alguna lágrima. Así fue hasta que entendió o eso creímos, porque lo último que dijo antes de cambiar el tema fue: “Tienen razón, pero ustedes no entienden”.

Después de eso compramos unas cervezas más, no era nuestra mejor noche. Gabriel no se quiso emborrachar, contrariando lo mismo que él había dicho y en un momento tomó un taxi y se fue a su casa, cuando todos los demás emprendíamos nuestros caminos.

Fue en esa ronda de despedida cuando realmente dijo sus últimas palabras. Al saludarlo, solo pude abrazarlo y decirle que todo iba a estar bien, y él me contestó, tristemente, con un: “No, sin ella nada va a estar bien, sólo me deberé acostumbrar con el tiempo”, y me miró, me hizo una mueca que quiso ser una sonrisa y entendí lo que había dicho antes. Indudablemente,  ninguno de nosotros podía entender, por más razón que tuviéramos, porque el corazón tiene sus propias razones. Y supe otra cosa, que no importaba lo que le dijéramos, él iba a seguir esperándola.

viernes, 3 de mayo de 2013

El último golpe


Hacía  meses se había retirado. O mejor dicho, lo habían retirado. Le habían dicho que ya no servía para ese tipo de trabajos, que se había vuelto lento, que ya no planificaba tan bien las cosas, que ya no se podía confiar en él. Y él se lo creyó y abandonó su modo de vida. Consiguió un trabajo, se encerró en su casa por semanas y cada vez que extrañaba todo lo que ya no tenía salía a correr o hacía gimnasia, y eso era todos los días.

Así pasaron semanas y meses de silencio, de llantos contenidos y de planes que eran desechados al instante en el que se imaginaban.

Pero un día, un viejo conocido le habló de aquel trabajo, del último, de ese en el que había fallado, de ese en el que había perdido toda su confianza y lo tentó, le hizo creer que aún se podía hacer.

Él quiso creer que no, que no era capaz, que el trabajo era imposible de que se diera, pero la ilusión siempre había estado ahí, esa llama nunca se había pagado y ahora le había tirado el suficiente combustible para que se transforma en un incendio que lo consumía cada minuto. Supo que lo haría. Ya no tenía nada que perder.

“¿Estás seguro?”, le dijeron algunos amigos, “¿y si te sale mal?”. Esas dos preguntas le sonaban todo el tiempo en su cabeza y lo peor era su respuesta a la segunda. Él mismo creía que fallaría, él mismo se sabía acabado, pro quería el milagro, quería ese margen de error que le permitiera lograrlo. Quería la hazaña, porque si la lograba sabía que sería el cambio de todo.

Pensó en cómo entrar, en cuantos autos debía conseguir, donde estacionarlos, donde huir, cómo hacer para llevarse la recompensa. En su escritorio se iban acumulando cada vez más papeles. Miró fotos del objetivo y llegó a soñar cada noche con este, aunque eso ya venía ocurriendo desde antes de decidirse a dar el último golpe.

Se decidió por lo fácil. No quería nada complicado. El ataque sería de día. Sería simple. Si fallaba, él sabía que sería su muerte. Si lo lograba, por el contrario, su vida cambiaría y ese pensamiento lo terminó de convencer.

Esa mañana se levantó, se afeitó, se bañó. Desayunó ligero, ya que su estómago le estaba mostrando lo nervioso que se encontraba y su cabeza no dejaba de pensar en su objetivo.

Agarró su mochila y guardó todos los papeles, cada uno de ellos, cada uno de los esbozos, planos y cosas que se le habían ocurrido, consciente de que muy probablemente no los usaría, porque una vez en el lugar seguramente terminaría improvisando todo.

Y salió hacia el lugar esperando la victoria de su vida...

viernes, 26 de abril de 2013

Ruleta rusa


Nunca la había usado desde que la compró. Sólo tenía pensado utilizarla una vez, después de eso ya no habría más oportunidades.

Había pensado en todo. Su perro lo había dejado con una vecina a la que le había dicho que se iba de viaje durante unos días por cuestiones laborales.

De sus cosas se había ido separando en las últimas semanas. Sus libros estaban repartidos en casas de amigos y los que quedaban ya encontrarían nuevos destinos. Se preguntó si alguien sospechaba del viaje que estaba a punto de emprender tras ver su biblioteca, su tesoro, a medio vaciar. Sonrió y prefirió pensar que nadie sospechaba nada, que para todos sería una sorpresa.

Miró por la ventana. Había sol. Le dieron ganas de salir a dar una vuelta por la plaza, pero rechazó la idea. “Demasiados recuerdos”, se dijo.

Observó hacia la mesa. Estaba allí. La levantó, la revisó y vio que había una sola bala. Se preguntó si necesitaría otra, pero inmediatamente se respondió que con una bastaría. La volvió a dejar en su lugar.

Pensó en hacer un llamado. Recordó que la última vez terminó hecho pedazos. “Un mensaje, tal vez”, se dijo en voz alta, pero se dio cuenta que nunca obtenía respuestas de estos. Bajó la cabeza y derramó algunas lágrimas. “Las últimas”, se dijo e hizo una mueca que quiso simular ser una sonrisa.

Volvió a agarrar el arma, casi decidido, y se escuchó a si mismo decirse que lo que estaba por hacer no era cosa de valientes, sino una salida cobarde y egoísta. Pero esa voz fue superada por un grito histérico, en el que también se reconoció diciendo que estaba cansado de hacerse el fuerte, que esta vez se rendía ante las habladurías, el dolor y aquel fantasma que lo visitaba cada día.

“Nadie muere por algo así, al menos no del todo”, dijo la primera voz, con esa sabiduría que a veces, sólo a veces, puede alcanzarse con unas pocas palabras.

“Es mucho más que eso”, respondió, ya cansado, como si en dos minutos hubieran pasado treinta años.
Cerró los ojos, ya agotado de tanto discutir consigo mismo, y la vio. Allí estaba, su pelo castaño, su sonrisa. Ya no falta hacía que cerrara los ojos para verla. Desde hacía mucho tiempo, antes de que ella se fuera, había aprendido a verla enfrente suyo, a imaginarla, incluso con sus ojos abiertos. Nuevas lágrimas le hicieron arder los ojos.

Retomó uno de sus primeros pensamientos, y se dijo, casi susurrando: “Sí, a muchos les sorprenderá, pero ya nada es igual, y sin embargo está ahí, siempre está ahí”, y como si fuera un reflejo, volvió a sonreír, como si hubiese cometido una travesura.

Miró el reloj. Ya se habían hecho las 16 del viernes. Se encontró pensando que lo ideal hubiese sido a las 3 AM, o el domingo por la tarde, pero tenía que ser en ese momento. La decisión estaba tomada. Volvió a levantar el arma y la apoyó contra su sien, como había visto en cientos de películas. “Ya no queda nada”, pensó para darse fuerzas.

Sintió el frío caño del arma en su cabeza y un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. Se quedó quieto, sintiendo su dedo en el gatillo, y la volvió a ver. “¿Qué te pasó, porque este final?”, le preguntó ella y él solo pudo responder: “Vos, la respuesta a todo sos vos”. Segundos después todos los vecinos despertaron de su siesta al oír una detonación.

Una hora después la policía llegó al lugar. Ningún vecino había querido entrar. Los efectivos notaron que la puerta no había sido forzada.

A unas cuadras de allí, casi al mismo tiempo, una persona observa a través de la vidriera de un café a una joven de pelo castaño. En unos segundos se imagina hablando con ella, mirándola a los ojos, hablándole. Se ve bajando la cabeza y a ella apoyando su mano en el brazo de él.

Él levanta la cabeza y sonríe, pero ya no es una mueca, es una sonrisa de felicidad, en medio de una tristeza que comienza a irse. Él apoya su mano sobre la de ella y ella le devuelve la sonrisa, la más bella que nunca se vio. Mientras tanto, en su departamento, la policía encuentra un agujero de bala en la pared y señales de que alguien salió muy apurado de ahí, como si hubiese recordado algo de vida o muerte.

Él finalmente toma coraje, entra al bar y se sienta frente a la joven de pelo castaño esperando que lo que imaginó se haga realidad...



sábado, 20 de abril de 2013

El día del debut


No le podía sacar la vista de encima. Sus movimientos, su ir y venir, sus corridas, sus saltos. No era danza, pero se le asemejaba bastante. Había una eterna armonía en cada paso. Sólo le faltaba la música, pero no hacía falta, esta sonaba en su cabeza y le daba melodía a lo que veían sus ojos.

Increíble, esa era la palabra para definir todo. Y es que realmente era difícil de creer todo lo que estaba viendo en un mundo en donde la técnica fue superada por la táctica, donde ya nadie cree en la magia, donde importan más los resultados que los genios.

A los cinco minutos vio como ese chiquitito que llevaba la 10 en la espalda agarró la pelota, comenzó a correr con ella, dejó atrás, estáticos a cinco defensores y la clavó en un ángulo. Él que estaba atrás del otro arco, que había pasado por ahí de casualidad, que era la primera vez que se paraba en su vida a ver fútbol, sólo pudo ver la camiseta flameando en contra del viento, alejándose ante cada gambeta, ver el fútbol salir como un misil de su pie derecho y pasar por esa esquina donde sólo se acumulan telarañas. Comenzó a enamorarse.

Diez minutos después ocurrió otra maravilla inexplicable. Otra vez la misma camiseta, otra vez el mismo jugador chiquito que estaba en todos lados. Se acerca a un defensor, grandote, le sacaba dos cabezas. Y el diez hace lo que nadie esperaba. Tira la pelota hacia arriba, es mucho más que un sombrero, es un autopase. 
El fútbol sale disparado y por momentos pareciera que bloqueara el sol. Pero el diez es mucho más rápido aún y cuando quiere acordar ya está cerca del arco y la pelota cayendo a sus espaldas. Rápidamente se da vuelta, haciendo un salto en el aire. “Otra vez un movimiento de danza”, piensa el hombre en la tribuna. Y el fútbol no alcanza a tocar el piso, que ya se encuentra debajo de la suela del botín izquierdo.

Mira a los costados, ninguno de sus compañeros llega, la levanta ante la presión de un defensor. Hace dos payanitas con el pie derecho y en la tercera la tira hacia su izquierda, a medio metro del suelo, da media vuelta y con la izquierda la clava al lado del palo. 2 a 0 y a cobrar.

En la tribuna, él, que siempre fue un tipo serio, que siempre consideró el fútbol como un deporte sin sentido, se sorprende al sentir una lágrima de emoción en sus ojos. Por suerte no lo ve nadie. En la popular donde está se encuentra él solo, se comienza a rendir ante una mezcla de vergüenza entre el llanto y el orgullo de ser el único que se encuentra viendo ese partido.

El partido continúa. Hay una maravilla detrás de otra. Pero el hincha no deja de pensar y concluye en que apenas salga del estadio, se conectará a Internet para ver videos de ese tal Maradona y del pibe ese que todos nombras, Messe, Messi, o algo así, porque ahora cree comprender lo que todo el mundo habla de ellos, y se arrepiente de no haberse dado cuenta antes.

Mientras ese número 10 endiablado sigue con sus maravillas dentro de la cancha, el hincha se dio cuenta que le comenzaba a molestar el estómago. “Ya es casi la hora del almuerzo”, pensó, “tal vez por eso no hay nadie más en la cancha”, y miró su reloj impaciente, mientras creyó ver un vendedor imaginario saliendo por la esquina de la tribuna.

Faltando cinco minutos llegó el momento cumbre. Ese momento en que el 10 olvidaría pronto, porque sería un momento más en su vida futbolística, pero el hincha no lo olvidaría jamás. Ante la salida de un defensor tiró una gambeta larga hacia el costado, la pelota tenía destino de irse afuera, pero con un pique asombroso y arrojándose al piso la logró atrapar en la línea y antes de que apareciera el número 3 a sacársela, se levantó y comenzó a hacer una diagonal hacia el arco y en un ángulo rarísimo, muy cerrado, hizo lo que casi nadie habría hecho.

En lugar de tirar el centro atrás para un nueve que tardaba una eternidad en llegar, el 10 le pegó a tres dedos, pero no para matar al arquero.  La pelota salió a colocar, lo pasó al arquero, picó cerca de la línea y tomó un efecto extraño que hizo que saltara hacia dentro. Cinco a cero y ya no había tiempo para nada, sólo para el festejo moderado del 10, que se dio vuelta a buscar la mirada del único hincha que había en la tribuna mirándolo y se lo dedicó con el brazo extendido y señalándolo.

Mientras tanto, en el primer escalón de la tribuna él miraba el rostro del 10, podía observar su sonrisa ante esa picardía, esa muestra de fútbol, de belleza y algo que nunca entendió le subió por todo el pecho, era orgullo, y no pudo evitar sonreír, se había enamorado de eso que llamaban fútbol gracias a ese enano impertinente que llevaba la 10, pero había algo más.

Mientras se secaba las lágrimas, el 10 se acercó a la tribuna sin que él se diera cuenta, le tocó la mano y le dijo algo. Él hincha no entendió. Entonces, con una sonrisa alegre, el 10 levantó el fútbol con sus manos y le dijo: “Dale papá, hasta cuándo te vas a quedar mirándome jugar solo en el patio, jugá un ratito conmigo, que me aburre jugar solo contra los árboles y a mamá todavía le falta con la comida”. Entonces él se levantó del escalón de cemento y jugó el primero de muchos partidos con ese enano que tenía siete años y llevaba siempre la 10 en la espalda.

domingo, 14 de abril de 2013

Pamela


Fue hace unos meses que les dije a los muchachos que ya estaba bien. Lo recuerdo muy bien. Estábamos en un bar en la calle Buenos Aires, cuando llegué y con la mejor de mis sonrisas, les dije: “muchachos ya está, ya estoy bien, ya me olvidé”.

El primero en reírse fue Pablo: “Dale Esteban, es como la novena vez que lo decís desde que Pamela te dejó hace dos meses, no seas boludo, somos todos amigos, ya se va a pasar, pero no nos mientas”, y los demás asintieron.

Lo peor de todo es que yo lo decía en serio,  o al menos eso creía, porque después siempre estaban esos días tristes o esos momentos en que de la nada me ponía a pensar en ella, en todo lo que hicimos juntos, en todos los planes que tenía con ella y me daba cuenta que no me importaba lo que ella dijo sobre el porqué rompimos o porqué nuestra peor pelea, pasaba por alto esas cosas y me quedaban las buenas y eso era malo, porque me hacía extrañarla aún más y preguntarme porque ella pudo seguir adelante y yo aún la pensaba, como si aún estuviéramos juntos.

Pero como decía, eso fue hace varios meses. De hecho, el bar cerró unas semanas después luego de que un temblor derribara parte de la mampostería y se descubriera que nunca lo deberían haber habilitado al lugar, y entre los escombros, en un acto solemne y solitario, dejé un anillo mágico para aquel que lo quisiera encontrar.

Me enteré que Pamela estuvo saliendo o de novia con otro, bah, ella me lo dijo al poco tiempo de dejarme. 

Yo, en mi caso, comencé a hacer cosas que nunca había hecho. Hice cursos, me metí a todos lados, busqué becas y hasta fui a una psicóloga, que me decía lo mismo que una amiga, sólo que me cobraba y las sesiones eran un poco más largas. Incluso, mis amigos dejaron de llamarme preocupados porque algún día no les atendiera el teléfono y ya me llamaban sólo para invitarme a asados, a jugar al fútbol o salir de tragos por ahí.

Ayer mismo me encontré con Pablo justamente y nos pusimos a hablar de Pamela y de que el tiempo no es que ayude a olvidar, sino a superar las cosas. El tema salió justo recordando aquel viejo bar y esa conversación de hace unos nueve meses más o menos.

“Nunca más la volví a ver”, le confesé a Pablo y él me dijo que la había visto algunas veces, pero que no sabía qué estaba haciendo, ni que era de su vida, ni si estaba bien o mal. Yo sabía que a Pablo le costaba, porque Pamela le caía bien, pero yo era casi su hermano y aunque nunca se lo pedí, él prefería no tener mucho contacto con ella.

La cuestión es que la charla no hizo ningún efecto sobre mí. Pablo confirmó que yo estaba bien, que la había superado. Yo también me alegré de eso y el resto de la charla fue  de fútbol, de cómo lo tenía cagando la negra al Mariano y que por eso este ya no iba los sábados a jugar, de la mina del laburo que se estaba comiendo Julián y todo ese tipo de charlas serias que cambian el universo.

Cuando salí del bar, decidí caminar a casa, a pesar de que estaba como a cuarenta cuadras de casa, pero estaba contento, me clavé los auriculares en los oídos y comencé a recorrer y cruzar calles, a imaginar nuevos mundos y futuros y ahí fue que la vi. Era hermosa, no lo puedo negar. Una sonrisa casi perfecta. Una mirada de esas que te desarman.

Ella también me vio. Se quedó quieta, sin sacarme la vista de encima. Sonrió, por no saber qué otra cosa hacer. Estábamos a unos diez metros de distancia uno del otro y juro que esa sonrisa era lo más bello que había visto en mi vida.

No sabía si acercarme y hablarle o salir corriendo de no saber qué hacer en esa situación. Ella también dudaba de qué hacer, y no es que yo sea Brad Pitt, pero creo haber visto en su mirada las mismas dudas.

Nos miramos fijamente durante largos segundos, como si fuéramos dos vaqueros a punto de batirse en duelo. Ninguno desenfundó. Contaría que fue lo que pasó, si uno de los dos dio media vuelta y se fue. Si ella venía acompañada y su novio, cuando yo me decidí a acercarme, salió del negocio donde ella estaba parada. Si fue ella la que vino hacia mí. Si nos saludamos y cada uno siguió su camino para nunca más vernos. O si por el contrario, mientras yo escribo esto, ella está en mi cocina haciendo café. Tampoco diré si su nombre es Pamela, si es la misma que amé, o no, o si se llama de otra manera. Lo único que puedo decir es que el universo tiene formas extrañas de hacer las cosas.

martes, 2 de abril de 2013

"Nos disparaban desde todos lados"


“No hubo caso, nos mataban desde todos lados. Nunca entendimos los motivos”, le contaba el Negro a mi hijo de doce años.

Mi mujer se solía preocupar cuando el Negro contaba su historia. Esta vez no, para mi sorpresa, ella misma le pidió que se la contara a Mariano.

“Varios no sabían ni donde quedaban, pero eso no importó. Nos mandaron igual y no sabés el frío que hacía. Había mucha oscuridad, no se veía nada pero lo peor no era eso, lo peor era esperar que pasara algo que uno no quiere que ocurra. Nosotros no tuvimos la culpa. Por eso no entendíamos por qué nos mataban desde todos lados”, lamentó el negro.

"Recuerdo cuando llegamos. No estábamos contentos, al menos no del todo, pero teníamos nuestras expectativas y no alcanzamos a llegar que nos tiraban desde todos lados, nos disparaban desde todos los lugares posibles y pasaban los días y descubríamos que compañeros nuestros morían uno detrás de otro. Era horrible. Hoy te hacías amigo de uno y mañana lo llorabas".

“¿Sabés que es lo peor, Marianito? Qué uno no sabe cuando le va a pasar lo mismo, o cuando será esa persona que compartió tanto tiempo con vos la que se irá, y eso es terrible, porque parecía nunca acabar ese desastre, del que te digo, nosotros no éramos culpables de nada”, explicó el Negro, con aire de docente, de tipo con experiencia y con unos ojos que mostraban su tristeza y que me buscaban, casi pidiendo permiso para seguir, porque Marianito era su ahijado y no quería amargarlo.

“Estuvimos mucho tiempo en la oscuridad. No podíamos dormir. Despiertos, no estábamos para nada bien. Dormidos, tampoco era mejor, y te repito, nos veían y nos disparaban de todos lados”, dijo el negro, viendo que Mariano le hacía un gesto con la cabeza, como entendiendo todo lo que decía a pesar de su edad.

- “Padrino, hay algo que no entiendo, si les disparaban de todos lados, como hiciste para sobrevivir a la guerra”, preguntó Mariano, con esa caradurez y simpleza de los niños.

El Negro lo miró, como midiendo su respuesta y dijo: “Es que en la guerra nos disparaban balas, pero a veces nos podíamos proteger. Fue cuando volvimos de ella que nos dispararon de todos lados, pero ya no con balas, sino con indiferencia, haciéndonos vivir en las sombras y con la incertidumbre y la tristeza de seguir perdiendo amigos, compañeros, hermanos”.

El Negro se había desarmado. Había tardado casi tres décadas en decir lo que sentía y lo decía frente a un niño. Alguien que quizás no lo entendía, o quizás lo entendía mejor que nadie, porque fue ahí, cuando Mariano hizo algo que nos desarmó y sorprendió. Levantó la cabeza, le mostró al Negro, a su tío, que estaba llorando y le dijo solamente “perdón padrino, yo no voy a olvidar nunca”, y lo abrazó, en lo que fue quizás el abrazo más honesto que el Negro recibió desde que regresó, mientras intentaba contener sus lágrimas sin resultado alguno, porque ahogado por ellas, quería decirle también que era su “héroe”, y no les mentiré, a mí también se me escapó alguna, o varias, porque el Negro es el Negro, y también es mi Héroe.


LAS MALVINAS SON ARGENTINAS Y ELLOS, LOS QUE FUERON, SIEMPRE SERÁN HÉROES